Respiración tras Respiración



Todo muda, todo cambia, todo fluye, nada permanece. Todo lo que surge, se desvanece; todo es inestable y transitorio. Hay un nombre en el budismo para ello: anicca. Lo impermanente. Todo es anicca, aunque lo que dura más, nos engaña y lo creemos permanente. Todo viene, todo parte. Todo lo sometido a nacimiento, termina por decaer y desaparecer, y, a cada momento, eso está sucediendo dentro y fuera de nosotros. La ola viene y va, parece que la playa permanece, pero incluso la playa es anicca o impermamente.  A cada momento sigue otro momento diferente; a una respiración sigue otra respiración distinta. 

Como no se puede recuperar la palabra dicha o la flecha disparada, tampoco el momento que ha pasado. ¡Ahora o nunca! Cada instante cuenta, a cada momento hay que imprimir su gloria. Buda nos recordaba: “Lo que ha sido, ni es ni será; lo que es, ni ha sido ni será; lo que será, ni ha sido ni es”. 

Pero la distorsionante bruma de la mente nos engatusa y nos hace creer que todo dura. Como a cada luz corresponde su sombra, a cada momento corresponde su fugacidad. La noche sigue al día, como una estación sigue a la otra. Todo discurre, como una estrella fugaz, como un guiño, como un suspiro, como el destello de un relámpago. Cada instante cuenta si logramos captarlo y aprender d él.   

Si nos percatamos realmente de todo ello y no sólo de un inútil modo intelectual, lograremos una visión profunda y reveladora que nos ayudará a transformarnos y embellecer nuestra mente. 

Cuando le pregunté a un mentor de la India qué hacer ante tanta fugacidad, me contestó: Meditar, mantener la mente serena y amar, pero, sobre todo, amar. A través de la meditación, conseguimos conquistar lo ilusorio e ir ganando en sabiduría, pudiendo aprender a vivir cada instante como si fuera el primero y el último, sabiendo asir y sabiendo soltar, pero, sobre todo, sabiendo que, si todo viene y todo parte, hay que trabajar sobre la mente para conseguir una actitud ecuanimidad y firmeza mental. 

A otro maestro le pregunté: “Y siendo todo tan efímero, ¿a qué asirse?”. Y repuso, sin dudarlo un momento: “A usted, a su inteligencia primordial”. Porque de la claridad de la mente, nace la auténtica compasión y, entonces, parafraseando a Kipling: podemos llenar cada minuto de sesenta segundos que nos conduzca al Ser. 

Una de mis prácticas de meditación más asiduas es la que consiste en observar y experimentar la venida y partida de la respiración. El aire viene y el aire parte, 

Cada respiración es única y diferente Cada respiración es irrepetible. 

Cada respiración es un acontecimiento que me recuerda que estoy vivo, pero también que esa respiración puede ser la última y debo vivirla con sosiego, atención, ecuanimidad y compasión. 

Como todo es transitorio, todo es inseguro, nos guste o no. Por mucho que demandemos excesiva y neurótica seguridad, todo seguirá siendo inseguro, porque puede cambiar antes o después, para bien o para mal. Más seguridad demandas, más inseguro te sientes, pues sabemos que todo, al estar sometido a la mudabilidad, es inseguro. Pero menos seguridad demandas, más seguro te sientes. 

Hay una sabiduría muy especial y que es la de la inseguridad o incertidumbre. Con el ojo del discernimiento, uno se percata de la impermanencia y aprende a vivir con ella desde el sosiego, la ecuanimidad y la lucidez. Como decía el sabio Santideva: “Si tiene remedio, remédialo y no te preocupes; si no tiene remedio, acéptalo y no te preocupes”. 

La práctica asidua de la meditación nos enseña a darnos cabal cuenta de que también en nosotros todo es impermanente: sensaciones, emociones, pernsamientos… Pero se aprende a observar el transcurso de los acontecimientos desde la calma y sabiendo relativizar. Tennyson, ese gran poeta, dijo: “La única seguridad yace en la inseguridad”. 

Mediante determinadas técnicas de meditación, el practicante aprende a ver los procesos sin dejarse tanto condicionar por los mismos, como el observador apacible sentado en una playa que contempla el venir y partir de las olas, pero permanece en la ecuánime energía del observador. 

La práctica de la meditación transforma la actitud, pues cuando algo no puede ser modificado en el exterior, tenernos que cambiar nuestra actitud e ir logrando una mente clara y un corazón compasivo. 

Ramiro Calle
www.ramirocalle.com

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