El día en que me enteré de que Gurdjieff cobraba importantes cantidades de dinero por algunas de sus enseñanzas avanzadas y que, según determinados relatos sobre su forma de enseñar, concedía una enorme importancia a la capacidad de sus discípulos para desenvolverse en el mundo material, me quedé desconcertada.
Porque, a ver, ¿no se supone que los maestros espirituales deberían ser personas generosas y compasivas, alejadas de cuestiones tan terrenales como el dinero, las posesiones o el poder adquisitivo?
Aquella aparente contradicción se quedó durante bastante tiempo dando vueltas en mi cabeza.
Hasta que empecé a interesarme por los chakras y, especialmente, por el primero de ellos.
Entonces comencé a contemplar aquella cuestión desde una perspectiva diferente.
Quizá la espiritualidad no consista en alejarnos de la materia.
Quizá, antes de intentar elevarnos, necesitemos aprender a estar firmemente arraigados en la tierra.
Y aquí es donde comienza realmente esta historia.
¿Qué entendemos por chakra?
La palabra chakra procede del sánscrito y suele traducirse como rueda o disco.
Dentro de determinadas tradiciones espirituales de la India, los chakras se describen como centros sutiles relacionados con diferentes dimensiones de la experiencia humana.
Conviene señalar que estamos hablando de un modelo tradicional y espiritual, no de estructuras anatómicas reconocidas por la medicina.
Según la corriente o escuela que consultemos encontraremos diferentes clasificaciones. Una de las más extendidas en Occidente habla de siete chakras principales, distribuidos simbólicamente desde la base de la columna hasta la parte superior de la cabeza.
Cada uno se relaciona con determinados aspectos de nuestra experiencia: seguridad, emociones, voluntad, relaciones, comunicación, intuición o espiritualidad.
Pero para comprender el resto quizá tengamos que empezar por el primero.
El primer chakra: nuestra relación con la tierra
El primer chakra recibe tradicionalmente el nombre de Muladhara y se sitúa simbólicamente en la base de la columna vertebral.
Se asocia con nuestras necesidades más esenciales:
La supervivencia.
El alimento.
El hogar.
La seguridad.
La familia.
El trabajo.
El cuerpo.
La sexualidad.
La estabilidad económica.
Y, sí, también el dinero.
Podríamos decir que representa nuestra relación con el mundo material y nuestra capacidad para sentir que tenemos un lugar seguro desde el que vivir.
Y aquí regresé mentalmente a Gurdjieff.
¿Qué tiene que ver Gurdjieff con todo esto?
Empecé a preguntarme si detrás de aquella importancia que concedía al dinero, al trabajo y a la capacidad de desenvolverse en el mundo material podía existir una enseñanza más profunda.
¿De qué sirve aspirar a alcanzar elevados estados de consciencia si somos incapaces de sostener nuestra propia vida?
¿Podemos hablar de libertad interior cuando vivimos permanentemente dominados por el miedo a no tener suficiente?
¿Podemos buscar trascendencia mientras rechazamos nuestra dimensión material?
Quizá una de las grandes confusiones de cierta espiritualidad sea pensar que lo espiritual y lo material son enemigos.
Desde la perspectiva simbólica de los chakras ocurre precisamente lo contrario.
Antes de llegar a los centros superiores necesitamos una base.
Necesitamos raíces.
Un árbol puede crecer hacia el cielo precisamente porque sus raíces penetran profundamente en la tierra.
Cuando sentimos que nos falta suelo bajo los pies
Dentro de las tradiciones que trabajan con los chakras, se considera que un primer chakra desequilibrado puede manifestarse simbólicamente como una sensación persistente de inseguridad, miedo, falta de pertenencia o preocupación excesiva por la supervivencia.
No significa que cualquier dificultad económica o emocional tenga su origen en un chakra bloqueado. La vida humana es muchísimo más compleja.
Pero como metáfora de autoconocimiento, la idea resulta interesante.
Podemos preguntarnos:
¿Me siento seguro en mi vida?
¿Tengo la sensación de pertenecer?
¿Confío en mi capacidad para sostenerme?
¿Vivo constantemente preocupado por lo que podría perder?
¿Estoy realmente conectado con mi cuerpo y con el presente?
Son preguntas tremendamente terrenales.
Y quizá precisamente por eso también sean profundamente espirituales.
Caminar: el sencillo arte de volver a la tierra
Entre todas las prácticas relacionadas tradicionalmente con el arraigo, existe una extraordinariamente sencilla: caminar.
Especialmente cuando podemos hacerlo en contacto con la naturaleza.
Caminar por un bosque, junto al mar o por el campo nos obliga a regresar al cuerpo.
Sentimos nuestros pies.
Percibimos nuestra respiración.
Observamos el entorno.
Escuchamos.
Nos movemos.
Durante un rato dejamos de vivir exclusivamente dentro de nuestra cabeza.
Además, desde un punto de vista fisiológico, caminar regularmente constituye una excelente forma de actividad física y puede contribuir al bienestar cardiovascular, metabólico y psicológico.
Pero también existe una dimensión más difícil de medir.
Esa sensación de volver a nosotros mismos que muchas personas experimentamos después de caminar tranquilamente por la naturaleza.
Para quienes trabajan con el modelo energético de los chakras, esa experiencia se interpreta como una forma de favorecer el arraigo y conectar con Muladhara.
Y existe otro elemento que tradicionalmente se utiliza con esta misma intención.
Shunguita: la piedra negra asociada al arraigo
La shunguita es una roca rica en carbono procedente principalmente de la región de Carelia, en Rusia.
Su intenso color negro y su particular composición han hecho que durante los últimos años despierte un considerable interés tanto entre aficionados a los minerales como dentro del mundo de la gemoterapia.
En las prácticas energéticas se le atribuye una estrecha relación con el primer chakra, precisamente por su simbolismo asociado a la tierra, la estabilidad y el arraigo.
También se comercializa frecuentemente atribuyéndole propiedades antioxidantes, desintoxicantes o protectoras frente a campos electromagnéticos.
Aquí conviene diferenciar dos cosas.
La shunguita posee características físicas y químicas reales que han sido objeto de investigación. Sin embargo, muchas de las propiedades terapéuticas y energéticas que se le atribuyen no cuentan actualmente con evidencia clínica suficiente para considerarlas tratamientos médicos demostrados.
Esto no impide que podamos utilizarla dentro de una práctica personal, meditativa o simbólica.
Yo misma tengo una relación muy particular con este mineral.
El experimento que hice con un plátano
Cuando llegaron a mis manos las primeras muestras de shunguita sentí curiosidad y decidí realizar un pequeño experimento doméstico.
Corté dos rodajas del centro de un plátano maduro intentando que fueran lo más parecidas posible.
Coloqué cada una dentro de un vaso de cristal y cubrí ambos vasos con plástico de cocina.
En uno de ellos puse además una pieza de aproximadamente 20 gramos de shunguita negra.
Después coloqué los dos vasos en el mismo entorno, aunque separados entre sí.
Y esperé.
Al cabo de unos días observé algo que me sorprendió muchísimo.
La rodaja situada junto a la shunguita parecía haberse conservado considerablemente mejor, mientras que la otra presentaba ya una importante capa de moho.
¿Demuestra esto alguna propiedad extraordinaria de la shunguita?
No.
Un experimento doméstico como este no permite establecer una relación causal ni constituye una prueba científica. Habría que controlar numerosas variables y repetir el experimento en condiciones adecuadas antes de extraer conclusiones.
Pero reconozco que aquella experiencia despertó todavía más mi curiosidad por este singular mineral.
La shunguita – Energía de vida
Quienes quieran profundizar en la visión energética y terapéutica de este mineral pueden acercarse al trabajo de Regina Martino, autora de La shunguita – Energía de vida.
Martino ha dedicado una parte importante de su trayectoria al estudio y divulgación de minerales desde la perspectiva de la litoterapia y presenta en su obra diferentes experiencias, investigaciones e interpretaciones relacionadas con la shunguita.
Conviene leer este tipo de literatura diferenciando siempre entre propiedades físico-químicas demostradas, hipótesis de investigación y afirmaciones procedentes de modelos energéticos o terapias complementarias.
Esa distinción no resta interés al mineral. Al contrario: nos permite acercarnos a él con curiosidad y, al mismo tiempo, con criterio.
Antes de mirar hacia el cielo, recuerda tus raíces
Quizá esta sea la enseñanza que finalmente encontré detrás de aquella historia sobre Gurdjieff.
Durante mucho tiempo hemos asociado la espiritualidad con elevarnos, trascender, abandonar el ego o alcanzar estados superiores de consciencia.
Pero tal vez exista una espiritualidad mucho más sencilla.
Estar presentes.
Habitar nuestro cuerpo.
Cuidar nuestra casa.
Relacionarnos sanamente con el dinero.
Trabajar.
Caminar.
Sentir la tierra bajo nuestros pies.
Aprender a sostenernos antes de intentar sostener a los demás.
Porque una espiritualidad que nos aleja de la realidad quizá termine convirtiéndose en otra forma de evasión.
El primer chakra nos recuerda simbólicamente algo esencial:
no podemos construir una vida elevada sobre unos cimientos que no son firmes.
Quizá por eso, antes de preguntarnos hasta dónde podemos llegar espiritualmente, convenga hacernos una pregunta mucho más sencilla:
¿Cómo están hoy nuestras raíces?
César M.S.
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