¿Qué ha cambiado la mente vieja?



Si nos hacemos muy seriamente la pregunta, sin juicios ni prejuicios, con visión ecuánime, a propósito de si ha cambiado algo realmente importante la mente vieja, nos daremos cuenta de lo poco que hemos evolucionado y de la incapacidad de dicha mente para transformar el mundo convulso en el que el ser humano vive, al parecer desde siempre, generando ofuscación, avaricia y odio, entre otras tendencias insanas, tanto autodestructivas como destructivas. Ha habido un notable avance tecnológico, que es de apreciar cuando se pone al servicio de lo laudable, pero no ha mejorado la calidad de vida psíquica de la persona, empantanada en sus miedos, angustia, melancolía, celos y envidia, prepotencia y egoísmo. Algo ha fallado en ese pensamiento de la mente vieja que no ha permitido una evolución consciente y que mantiene al ser humano en su minoría de edad emocional y generando innecesario sufrimiento a sí mismo y a las otras criaturas.

Esa mente vieja, basada en ideas, conceptos, memorias y acumulaciones, ha demostrado su incapacidad para modificarnos y humanizarnos. Esa mente vieja es muchas veces un trastero de cachivaches desordenados, de inútiles aprendizajes, de viejos patrones, rígidos clichés socioculturales, esquemas atosigantes y represiones. Acarrea vivencias traumáticas, frustraciones, innumerables temores, heridas, autoengaños y escapismos. Está cristalizada, sin capacidad de un verdadero aprendizaje existencial, inmadura y egocéntrica, como diseñada para lo nocivo más que para lo beneficioso, neuróticamente propensa a todo dividirlo, etiquetarlo, rotularlo y disecarlo. Creemos que el pensamiento es omnipotente, pero el hecho de que sea necesario para el vivir cotidiano, no le confiere esa omnipotencia.

La mente vieja impide la visión de lo que es, tiene muchos conocimientos (buena parte inútiles) pero carece de Sabiduría; se extravía en un juego de espejos distorsionantes y oscurecimientos que le impiden ver con claridad y proceder correctamente. Esa mente vieja es el ego y todos sus aferramientos. Es la mente condicionada que impide la visión lúcida y no es capaz de emerger de su atolladero o callejón sin salida.

Lo que urge, pues, es cambiar la mente, una mente que, en millones de años, no ha resuelto los grandes problemas de la Humanidad, sino que los incrementa ad infinitum. Hay que saltar fuera de la sombra de esa mente condicionada y darle el paso a una mente nueva, sensible y receptiva, lúcida y ecuánime, de la cual pueda surgir la verdadera compasión. La mente nueva es la mente que surge aquí y ahora, de instante e instante, que no se aferra ni odia, que no acumula, que a cada momento se renueva y está abierta a la sorpresa. Es una mente sin ideologías, escapismos, fango psíquico o tendencias insanas. Como le dijo un maestro a su discípulo, “si tu mente no te gusta, cámbiala”. No es fácil, claro, en una sociedad que, al decir de Emerson, confabula contra el individuo y que fabrica personas dormidas, máquinas psicosomáticas.

La mente condicionada debe dar paso a la mente libre y menos egocéntrica, que sabe vivir cada minuto como si fuera el primero y el último. En la mente vieja no hay frescura, real sensibilidad, claridad y amor. La meditación es suspender durante unos minutos la mente vieja para que pueda surgir la mente nueva a cada instante, más allá de los grilletes del ego y del fardo del pasado y del futuro.

La mente nueva es como un pimpollo en primavera, que no deja de abrirse. La mente vieja es la que sostiene la falsa personalidad y se achicharra en sí misma, creando una situación agónica dentro y fuera de sí misma. Una mente nueva traería un mundo nuevo. Quizá no sea solo un sueño, aunque parezca un acontecimiento tan distante…

Ramiro Calle
www.ramirocalle.com


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