¡Bienvenida Tristeza!



Tres virtudes de esta emoción que tanto rechazamos

Evitamos la tristeza, nos da miedo y, sin embargo, es imposible no sentirla, es una emoción natural, tanto como aquellas otras más populares como la alegría o el amor. Ya, de niños, hemos escuchado mil veces “No llores” o, si nuestros padres eran más comprensivos un “ya, ya… ya se pasa pequeñín”, como diciéndonos que ¡vale!, que está bien que te sientas así, pero que hagas lo posible para que pase pronto. También, de adultos, ponemos en marcha un sinfín de estrategias para esquivarla, desde irnos de compras hasta tomarnos un gran helado de chocolate. Quizá nos asusta tanto porque la tristeza tiene la capacidad de llevarnos muy profundo, hacia el interior y, en ocasiones, puede llegar a ser tan fuerte que nos hace caer en el terrible pozo de la depresión, pero la tristeza en sí tiene aspectos muy positivos y merece la pena revisarla.

Es importante no perder la perspectiva de que todas las emociones o rasas son pasajeras, porque son vibraciones energéticas. Así, en el curso de un día, fluctuamos de unas rasas a otras y el yoga nos enseña a dejar que fluyan a través del ecosistema de nuestro cuerpo-mente-corazón, sin engancharnos a ninguna en específico, viviéndolas desde nuestro centro, desde el espacio de Ser, de Consciencia. No nos anima a crear un estado anímico plano, sino al revés, nos invita a abrazar todo el espectro emocional que nos hace humanos. La práctica de Rasa Sadhana, el yoga de las emociones nos enseña a trabajar con el aspecto favorable de todas las emociones y a despojarlas de las cargas culturales negativas que les hemos puesto encima.

El término en sánscrito para esta emoción es karunay puede que conozcas esta palabra porque su segundo significado es “compasión”, una cualidad muy cultivada tanto en yoga como en budismo. Karuna, tanto en forma de compasión como de tristeza, nos habla de amor, de la conexión, de los vínculos emocionales y energéticos que nos ligan a otras personas, a lugares, a objetos. Sentimos tristeza cuando nos marchamos de un lugar, cuando le decimos adiós a un amigo querido o cuando vemos el sufrimiento de otros seres.

Esta emoción está regida por el elemento agua y funciona de manera opuesta a otras emociones. La ira, por ejemplo, nos altera, activando el sistema nervioso simpático y poniendo en marcha los mecanismos de lucha o huida, mientras que la tristeza está asociada con el sistema parasimpático que ralentiza acciones corporales como la frecuencia cardiaca o el pulso, teniendo un efecto calmante y haciéndonos sentir más pesados y lentos. Por eso, cuando nos sentimos tristes, el llanto resulta más silencioso y las lágrimas corren por las mejillas de una manera fluida, tenemos ganas de estar solos o de acurrucarnos bajo las mantas aislándonos del mundo.

Uno de los peligros de la tristeza es que, mal canalizada, nos puede arrastrar hacia el complejo del “pobre de mí”. La tristeza tiene un regusto dulzón y adictivo que nos atrae, resulta difícil no dejarse atrapar por ella, pero la trampa de la pena individualista no nos lleva a ningún lugar deseable, es más, nos desempodera como seres humanos, nos vuelve aún más egocéntricos y nos separa de nuestra esencia amorosa y llena de luz.

La tristeza saludable puede ser una bendición y me gustaría compartir contigo tres aspectos positivos de esta rasa:

Primero, nos sensibiliza y nos hace más compasivos. Vivimos en una sociedad desensibilizada. No sólo a nivel fisiológico nuestros órganos de los sentidos están embotados, sino que a nivel anímico nos hemos vuelto impasibles al sufrimiento de los demás. Sentir tristeza puede hacer que se resquebraje, aunque sea un poco, esa coraza gruesa que hemos creado alrededor de nuestro corazón y que empecemos a sentir por los demás. El resultado es la compasión, el estado vibracional más elevado de karuna. Como seres compasivos empezamos entonces a actuar llevados por el deseo de aliviar el dolor de otros y del mundo entero.

Segundo, nos baja de los estados de euforia y sobre estimulación propios de nuestra sociedad. El uso de las pantallas electrónicas hace que nuestro sistema nervioso se encuentre en un estado de excitación permanente. Los colores vivos e iluminados, la sucesión rapidísima de imágenes y sonidos y el consumo constante de contenidos son antinaturales y perjudiciales, tanto para la mente como para el cuerpo. Con esto no quiero decir que tengamos que buscar cosas tristes, pues hay emociones más favorables como la paz y la calma que devuelven la tranquilidad a nuestro cuerpo-mente-corazón de una manera refinada, pero sí me gustaría llamar la atención sobre el hecho de que la tristeza nos baja de la sobre estimulación emocional.

Por último, hace que vayamos hacia adentro, que reflexionemos y que nos cuestionemos las cosas. Cuando nos sentimos tristes, no estamos tan seguros de nosotros mismos ni somos tan asertivos como en otros estados emocionales, y esto puede ser positivo para los egos ensalzados pues revisar nuestras actuaciones nos ayuda a tomar nuevos rumbos en la vida.

La próxima vez que te visite la tristeza, no le cierres la puerta, tómate un té con ella, siéntela y, cuando llegue el momento, déjala partir con cariño, porque igual que conversar con un buen amigo nos engrandece, dialogar energéticamente con la tristeza puede hacernos mejores personas. Al fin y al cabo, de eso se trata la evolución ¿no crees?

©zairalealyoga para Universo Holístico
www. zairalealyoga.com

Si te ha gustado este contenido, compártelo…
Share on Facebook
Facebook
39Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin
Email this to someone
email