Perdonar es deshacer un nudo



Cuando una persona sufre como víctima, aunque la justicia le retribuya enviando al perpetrador del daño a la cárcel, no siempre es suficiente para repararlo. Tanto la víctima como el agresor quedan atrapados en un grillete que les mantiene unidos impidiendo restaurar la dignidad en ambos.

Sin embargo, el hecho de pedir perdón y perdonar permite su liberación.

Cuenta Lynne McTaggard en su libro “El Vínculo”, la historia de un grupo de alemanes que en 1994 decidieron regresar a Bielorrusia, país donde habían combatido en el ejército de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. Su intención era reparar el mal que habían hecho en su juventud.

Llegan poco después del accidente de Chernobyl y se ofrecen para reconstruir una residencia para los niños afectados por el desastre. Cuando su estancia va a concluir visitan el monumento a los soldados caídos en Chatyn y, aquella noche, con todos los recuerdos en su memoria, quisieron compartir el dolor de su experiencia con sus anfitriones bielorrusos.

Uno de los soldados alemanes se puso en pie para hablar de su experiencia y de lo que había sufrido en un campo de prisioneros de guerra ruso, pero, de repente, se detuvo y se derrumbó de golpe expresando su arrepentimiento por todo el daño que él había causado a los rusos, pidiendo perdón en su nombre y en el de su país. 

Quiso expresar su deseo de que aquello nunca más volviera a suceder, pero rompió a llorar y con él muchos de los jóvenes allí presentes que ni siquiera habían vivido esa guerra.

Pasados unos minutos, una mujer bielorrusa de su edad se dirigió hacia él y le besó.

Aquel acto de confesión supuso el reconocimiento del daño causado y ayudó a restituir la dignidad a los presentes. 

Lo que despertó en la anciana el sentimiento de perdón fue tomar conciencia de que el dolor de los demás, incluso el del agresor era también el de cada una de las víctimas.

Esta conexión de un instante con el dolor del otro es lo que hace que caigan los muros que nos separan.

Gracias al perdón las dos partes vuelven a ser iguales, el pasado queda atrás y se sigue avanzando.

Perdonar, en griego, significa “deshacer un nudo”. Cuando decidimos perdonar a la persona que nos ha herido en lo más profundo, damos el primer paso para salir de nuestra propia oscuridad, de nuestro estatus de víctima, y sentimos la gran liberación que nos permite seguir adelante. Rompemos memorias de patrones familiares que traemos con nosotros e incluso podemos ser los sanadores del árbol familiar.

Hay una hermosa manera de perdonar, la que surge de lo más profundo del corazón, y está llena de amor y de bendiciones.

Bendecir al que nos ha causado el dolor es uno de los mayores actos de generosidad, no sólo nos libera a nosotros, también libera al causante del daño de una deuda kármica, por lo que habremos deshecho el nudo que nos mantendría atados, incluso si esa persona ni siquiera es consciente del daño que ha infringido, y mucho menos se muestra arrepentida. Lo que realmente importa es nuestro bienestar moral y espiritual para seguir adelante disfrutando de todo lo bueno que la vida nos regala cada día.

Pero si hay un caso en el que la persona se convierte en verdadera víctima, incapaz de salir de una situación destructiva, es en el maltrato de la pareja, en el de los padres a los hijos y viceversa o entre los hermanos. En estos casos la situación es mucho más dolorosa que si el agresor no tiene nada que ver con su víctima. Tener un vínculo familiar con quien causó el daño es lo más duro, ya que siempre entendemos que la familia es un entorno seguro en el que crecer y evolucionar. Cuando esa seguridad se quiebra es normal que la persona no sepa a qué aferrarse y todo su mundo interior y su confianza en sí misma se desmoronen.

El primer paso será salir del entorno para recuperar la propia identidad, ya que si no sé quién soy no puedo perdonarme ni perdonar. El amor se deberá dirigir en primer lugar hacia uno mismo.

Hace varios años vino a mi consulta una clienta a hacerse un masaje metamórfico. No sabía muy bien en qué consistía la técnica. Comencé a trabajar su pie derecho y notaba cómo me miraba con mucha desconfianza. Llegó un momento en que me planteé levantarme y decirle que lo dejábamos ahí, pero una voz interior me dijo que no, que siguiera, que ella estaba allí por algo. Cuando cambié a su pie izquierdo, me di cuenta de que se había quedado traspuesta, y así concluyó el tratamiento.

Cuando terminamos me dijo que al principio se había sentido muy desconfiada porque no sabía lo que le estaba haciendo, pero después se había relajado y dejado llevar, sintiéndose muy bien. Había venido a tratamiento porque su marido bebía mucho y la maltrataba. Ya no estaba con él hacía tiempo, pero su hija también se había casado con un maltratador que bebía. Quería traerla a metamórfico porque creía que la podría ayudar, se había dado cuenta de que ella debía ser la primera en romper el patrón para cambiarlo en su hija.

Cuando se rompe el patrón de dolor y miedo, permitimos que la vida abra nuevas puertas y otras personas vengan a nuestro lado para compensar el daño sufrido. Eso sucede cuando el corazón se abre al perdón y a la bendición, en ese momento saca lo mejor para poder vivir sin el lastre de sentirnos víctimas de un suceso que no se supo ver ni evitar. Dejamos de sentir culpabilidad por lo ocurrido y somos capaces de seguir adelante, impidiendo que nuestra cabeza nos tenga toda la vida rumiando algo que ya no va a cambiar.

El dolor se cura, el sufrimiento se enquista, yo elijo.

Traté a una clienta con masaje celular que, después de varias sesiones, me dijo que no quería olvidar ni perdonar lo que le habían hecho. Respeto incluso que la persona decida cómo desea pasar el resto de su vida.

A partir de nuestra elección puede aparecer incluso la enfermedad, pero los patrones que traemos con nosotros pueden ser tan profundos que no nos permitan cambiar. El miedo nos impide ser liberados y nos ancla en el estatus de víctima, porque no puedo saber qué ocurrirá si la situación cambia, ¿quién seré entonces? Romperlo nos permite ver la luz que hay en nosotros encontrando el amor en nuestro corazón para sanar las heridas y deshacer el nudo.

Carmen Benito
Licenciada en Biología, Reflexóloga y Terapeuta de Metamórfico.
www.carmenbenitobioestetica.com


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