Las fuerzas que emitimos a través de nuestros pensamientos y con nuestra vida, producen su efecto en nuestro destino



¿Qué diríamos si uno de nuestros conocidos afirmase que de una semilla puede brotar otro tipo de planta y dar sus frutos? Calificaríamos eso de absurdo e indiscutible, porque para cada uno de nosotros está totalmente claro que de ninguna semilla puede brotar otro tipo de planta y dar sus frutos. Sin embargo, podemos introducir algunas de nuestras malas semillas en el campo del otro, si el suelo está preparado para ello. Pero cuando se dice que una persona que ha influenciado a otra tiene culpa en el destino de ésta, hay quien se ríe compasivamente del que ha afirmado esto, porque muchas personas son del parecer de que no tienen culpa en la enfermedad, las necesidades o el destino de su prójimo. Creen que no han hecho nada malo a nadie.

¿Seguro que no? Preguntémonos:

  • ¿Hemos sido y somos siempre sinceros con nuestros semejantes en nuestros pensamientos?
  • ¿Han sido delicados y atinados nuestros pensamientos y palabras sobre nuestro prójimo?
  • ¿No influimos sobre ninguna otra persona, determinando que ella haga tal o cual cosa para nosotros, aunque nosotros mismos podríamos hacer eso?
  • ¿No presionamos a determinadas personas, para que cumplan nuestra voluntad, incluso cuando no quieren?
  • ¿Cuántas veces hemos calificado de simple, tonto e incapaz a alguno de nuestros semejantes, frente a terceras personas o en pensamientos?
  • ¿Nunca hemos odiado, ni envidiado tal o cual cosa a otras personas? ¿Nunca hemos hablado hipócritamente?
  • ¿Nunca nos hemos peleado con otras personas ni vivido enemistados con ellas?
  • ¿Nunca hemos menospreciado a alguno de nuestros semejantes ni tal vez subyugado a más de uno?
  • ¿Hemos refrenado nuestros celos hacia nuestros semejantes?
  • ¿Nunca hemos hablado de forma aparentemente positiva mientras pensábamos negativamente, es decir, no hemos sido nunca hipócritas?
  • ¿Cuántas veces nos daba lo mismo el prójimo?

El lector dirá: “¡Y quién no hace eso!”. Eso es correcto, nadie es perfecto, pero cada uno de nosotros conoce los mandamientos de Dios, que dicen así: ama a tu prójimo, es decir no le desees nada desagradable, lo que equivale a nada malo, tampoco en pensamientos. La excusa podría ser igualmente ésta: “No se puede tomar todo tan al pie de la letra. Otros dicen y hacen cosas aún mucho peores, ¡y les va de maravilla!”.

En efecto, muchas personas están cegadas por el falso sol de la ambición, de la envidia, del odio, de la explotación, del influir sobre otros, llegando incluso al deseo de matar, y les va de maravilla. Pero si el sol del ego deja de brillar, porque las nubes de las causas se acercan y descargan aquello de lo que están hechas, eso nos indigna, porque somos del parecer de que no hemos causado ni mucho menos ocasionado a nuestro prójimo, cosas como las que nos afectan, o parecidas.

Por la física sabemos que ninguna energía se pierde. Nuestros sentimientos, sensaciones, pensamientos, palabras y actos, pero también el odio, la envidia, la enemistad, las disputas y otras muchas cosas, son energías que no se disuelven. Las fuerzas que hemos emitido se ciernen -igual que nubes tormentosas- tarde o temprano sobre nosotros. Esto significa que de nuestras grabaciones en los astros se reúnen por su vibración, cosas iguales o semejantes que hemos introducido en nosotros y que, a través de nuestra alma, en la que se están mostrando cosas iguales o parecidas, se activan y repercuten en nuestro cuerpo o en nuestro entorno inmediato. Entonces, experimentamos el efecto de nuestras causas, de nuestra siembra. De modo que brota nuestra semilla, y no la de otra persona.

Una y otra vez, como ya se ha mencionado, surge la objeción de que hay personas que durante toda su vida fueron muy malas. Se aprovecharon de sus semejantes y los explotaron, no dejaron hueso sano a su prójimo, pero las cosas les fueron bien. Llegaron a viejos y en la hora de su muerte fallecieron mientras dormían. Durante el sueño, por tanto, pasaron a otro mundo. Por el contrario, hay personas que durante su vida cuidaron de los demás y fueron buenos compañeros, que con seguridad no se cargaron con semejantes culpas, pero padecieron enfermedades y vivieron golpes del destino. Y a veces, en la hora de su muerte física, les fue dada una dura lucha.

¿Cuán acertada es una afirmación como?: “Esta persona, que cuida de los demás y les ayuda, no ha cargado sobre sí una culpa semejante”. ¿Lo sabemos? ¿Podemos leer los pensamientos de nuestro semejante? ¿Podemos mirar dentro de su alma? ¿Podemos ver en sus encarnaciones anteriores?

Donde no hubo una siembra, tampoco es de esperar una cosecha. Si recibimos un golpe del destino, con ello se hace manifiesto, por una parte, que hemos causado, es decir, sembrado algo. Por otra parte, por la clase del suceso y sus circunstancias, podemos reconocer qué clase de falta incurrimos. Hallamos una explicación sobre ello en el mundo de nuestros pensamientos y sentimientos.

Si no sabemos acerca de la reencarnación ni acerca de la ley de Siembra y cosecha, no podemos interpretar los reveses de nuestra vida y sacamos conclusiones erróneas.

Extracto del libro:
“Yo, yo, yo. La araña en la telaraña. La ley de la analogía y la ley de la proyección”.
www.editorialgabriele.com


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