La vida terrenal del ser humano: un tramo en el recorrido hacia el Hogar eterno



A los seres humanos pocas veces nos es consciente que con el nacimiento de un niño está también preestablecido el fallecimiento del cuerpo físico. En esta Tierra tiene lugar un constante ir y venir, el nacer, devenir y crecer, la cadena de acción de nuestra vida terrenal y el fallecimiento. Cuando el alma rechazará su cuerpo en esta existencia terrenal, así como la manera cómo lo hará, es decir, las circunstancias y la forma de su muerte, lo ha determinado la persona por medio de lo que introdujo en su interior en una de sus preexistencias, así como con su comportamiento en esta existencia.

En todo el universo no hay casualidades. Por eso tampoco es ninguna casualidad si un alma se encuentra sólo algunas horas o varios años en la existencia terrenal, si una persona fallece en su juventud o en la vejez. Quien sabe que existe la reencarnación, sabe también que la persona, es decir, el alma en cuerpo físico, en cada uno de sus pasos por la Tierra, con la ayuda del Cristo de Dios tiene una y otra vez la posibilidad de purificar complejos de cargas considerables y grandes, de forma que ya no necesitaría ir más a lo temporal. Los restos de lo pecaminoso lo podría entonces expiar como alma en los ámbitos de purificación, en el camino hacia la luz.

Debido a que muchas personas no aprovechan sus días para reconocer y purificar en esta existencia sus aspectos pecaminosos, muchas almas están muy ensombrecidas, y sus envolturas físicas, los cuerpos, están cargados de forma masiva, de modo que por medio de su comportamiento, esa persona, crea imanes para encarnaciones posteriores, y los conserva también como alma. Ésta entonces vuelva a encarnar en aquellos lugares en los que como ser humano actuó y dejó tras de sí imanes de cargas, al fin y al cabo, su material genético en sus hijos y en los hijos de sus hijos.

Los dibujos en las capas de nuestra piel se asemejan a un material de sustancia sutil, que se extiende, como el rollo de una película, a través de nuestra alma, de nuestro cuerpo y a través de los planetas de igual vibración del cosmos material y del cosmos de materia sutil. Éstos marcan también el cuerpo físico de cada uno. Las imágenes en el rollo de la película, que son el comportamiento del ser humano, es decir el rol de su vida en vestido terrenal, se transforman a cada instante según sea su forma de percibir, sentir, pensar, hablar y actuar. 

La persona, o aumenta su mundo de imágenes y amplía el rollo de “su” película, o bien obra la imagen de su rebobinado terrenal, purificando lo negativo que ha introducido en su interior con la ayuda del Cristo de Dios y no volviéndolo a hacer más. Si la persona abandona los roles de su vida, para cumplir en su existencia terrenal la voluntad de Dios, es decir, para vivir los valores de la Existencia eterna, con ello se acerca a la imagen y semejanza de Dios, y así se purifica el rollo de la película; el alma y el hombre están en comunicación positiva con las fuerzas positivas del infinito. Entonces el alma ya no pertenece más a lo pecaminoso, la atadura a los planetas de grabación, a los cosmos de la Caída está disuelta. El alma se ha introducido en la consciencia del Padre universal, en la Existencia eterna, y está en comunicación con Dios.

No hay gran diferencia entre esta Tierra y el Más allá. Mientras almas y hombres cultiven sus aspectos pecaminosos y, en consecuencia, sigan también pecando, su material de imágenes, el rollo de su película permanece como reproducción en ambos cosmos. Estas introducciones forman, al mismo tiempo, la intranquilidad del mecanismo del Reloj Cósmico. En esta Tierra la obra de relojería está relacionada con los ritmos de las personas, en el Más allá con los ritmos de las almas. 

Aunque las almas sienten aún en el tiempo y en el espacio, el movimiento del péndulo para cada alma es diferente. Éste se orienta a los procesos cósmicos de la eternidad. El movimiento del péndulo para el alma en el Más allá produce o bien la expiación de lo pecaminoso o una nueva encarnación.

Dios, el núcleo originario, el núcleo de ser, es el presente en todo y en todos. Por eso el Espíritu de Dios actúa también en el Reloj Cósmico, en el mecanismo de relojería. Él es también el que advierte en todas las almas y hombres, la consciencia y el que ayuda a todos aquellos que reconocen sus pecados, se arrepienten de ellos y los purifican y no quieren volver a pecar más, para regresar de nuevo a Él, el Hogar eterno, a la Existencia primaria.

Extracto del libro:
“El Reloj Cósmico y la red de tu piel.
Tu destino está en tus manos”.
www.editorialgabriele.com


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