El juego de conocerse: la educación



En la educación actual podemos observar que nos están preparando para ser todos iguales, trabajadores obedientes de un sistema obsoleto. Pareciera que todo es normal y bueno por el mero hecho de ser gratuito.

Reflexionando un poco sobre el enfoque de nuestras escuelas, las maneras que tienen de motivar y alimentar nuestro interés por aprender distan mucho de interesarse por nuestro desarrollo. Todos los que tenemos hijos sentimos que no son felices cuando van al colegio. En el peor de los casos se adaptan y se conforman a vivir en el temor de ser excluidos y no válidos. Cada vez más el estado interviene en decidir aprobarlos.

Os invito a pensar sobre la calidad humana que tiene la mirada de la administración, una mirada castigadora y carente de sentido. La poca pedagogía de este ministerio corta la posibilidad de desarrollar múltiples inteligencias en edades fructíferas, perdiendo para siempre la posibilidad de ser creativos y libres. Amén de la relevancia para la voluntad e interés de alimentar los estados saludables de nuestra mente. 

Es importantísimo que la mirada que recibe el menor tenga un enfoque completo, abierto, respetuoso y amoroso. 

Así como dar valor al corazón y las virtudes procurando que, en los frutos de la educación, los principios intelectual y emocional se unan en armonía. Nos enfrentamos al reto social de reconocer nuestra sensibilidad y dejar que aflore en dirección a una conducta ética y moral.

Compartir y perfeccionarnos en nuestra sensibilidad ilumina la lámpara de vida y nos da la libertad necesaria para amarnos, cuidarnos y cuidar.

Para poder formar una verdadera sociedad de bienestar con seres humanos que favorezcan la paz, la libertad y la justicia es imprescindible reflexionar sobre la conducta moral.

El adulto ha de ser más humilde y reconocer que no sabe tanto, que su razón es limitada y que sólo desde la razón no tocamos el cielo. Aprender a observar a nuestros jóvenes profundamente y dejar paso con una orientación sana a esa fuerza nueva en la certeza de que la evolución es continua. 

Sabemos, por experiencia propia, que la capacidad de aprender es abierta y flexible, que siempre puede ir más allá. Permitámonos celebrar la espontaneidad que tienen los niños, valorar cómo saben consagrar lo cotidiano, encontrar el sentido de la vida y disfrutar de la unidad; son verdaderos científicos, curiosos, investigadores y descubridores innatos.

La escuela actual tiene la tentación de convertir la enseñanza en una mera memorización de datos sin hacer distinción entre educar e instruir.

No podemos perder de vista la importancia de que la enseñanza se ocupe en formar el núcleo básico de la personalidad. Hoy ya sabemos que la cooperación es indispensable para nuestra continuidad. Para que esta florezca, es necesario que todos reconozcamos nuestras reciprocas necesidades y las cuidemos con atención.

El niño para crecer sano necesita ser reconocido en su cualidad irrepetible, para ello la enseñanza debe de promover pautas de reconocimiento que permitan, desde la acción, el mejor despliegue del potencial del menor.

Un buen maestro requiere de tiempo y tranquilidad para observar con paciencia las características singulares de cada niño. Ningún maestro disfruta suspendiendo porque su vocación de enseñar le empuja a dar amor y amar la vida.

Hoy en día tenemos un gran fracaso escolar. Entre los profesores hay mucho estrés y depresión. ¿Nos hemos parado a pensar el sentido de estos males? ¿A quién le sirve tanto descontento? La enseñanza actual se enfrenta con el reto de humanizarse, precisa conectar urgentemente la orientación técnica con el sentido que le va a dar la humanidad. Velar sin ningún género de dudas por tener una tecnología al servicio de lo humano y no al revés. Transmitir a nuestros jóvenes la conexión de lo que aprenden con su utilidad. Fomentar las formaciones profesionales en el buen hacer.

La verdadera autoestima es la capacidad de confiar en nuestra riqueza espiritual. ¿Dónde dejamos la mirada amorosa de nuestro corazón? ¿Cómo vamos a poder ejercer una autoridad amable y confiable a nuestros jóvenes?

Conviene recordar que no es más feliz quién más tiene sino quién menos necesita y que la verdadera felicidad consiste en poder dar felicidad a los demás y estar plenamente conscientes y presentes en este camino sin final. Esa es la maestría generosa, la que nos alienta el único entusiasmo sostenible, el que proviene de albergar nuestras virtudes. Pidamos y luchemos por una escuela que permita a nuestros hijos ser felices para crecer en el verdadero bienestar y ser hombres fuertes, valientes y creativos para afrontar los cambios venideros.  

Marcela Caldumbide
www.eljuegodeconocerse.com

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