Ya pasó el 8 de marzo…



Para todos aquellos que “vivieron” el 8 de marzo y que “han vuelto” a la normalidad, me pregunto ¿Qué ha cambiado en nosotros?

Año tras año, pasamos el 8 de marzo, y año tras año, vivimos con desaliento y con mucho esfuerzo nuestro 8 de marzo particular, día a día, durante 365 días cada año, incluso años de 366 días.

No pedimos ponernos un arnés con un añadido para dar por c… a algunos hombres, a esos que entienden que una penetración es el absoluto dominio sobre el 51% de la población. Que el hecho de que la naturaleza decidiera en un momento dado “regalarles” el sexo, supusiera ningún privilegio especial.

Señores, durante nuestra historia son el resultado de un matriarcado en el que, sobre todo nosotras, las madres, hermanas, abuelas, etc., hemos cometido el gran error de no educarlos en la igualdad, no me refiero a la igualdad física, es indudable que la naturaleza añade al sexo una serie de atributos muy distintos a hombres y mujeres, no por ello más o menos valiosos o útiles, la sociedad se sustenta en la variedad y en la diversidad, así como en la adaptación.

Y nosotras, como mujeres, debemos plantearnos, cuando tenemos el privilegio de ser madres y padres, y asumimos la responsabilidad de poner un ser humano en la vida. Y es eso, ponemos un ser humano en este mundo, somos meras herramientas y debemos actuar como ellas.

Yo no sé si fui mejor o peor madre, apliqué lo aprendido de las mujeres que me precedieron y analicé lo que me benefició y lo que me perjudicó de mi educación, intentando trasladar valores que me parecieron valiosos y aquellos que, siendo valiosos, lo eran porque me mostraron lo que yo no quería para mi hijo, como ahora, no lo hubiera querido para mi.

Comprendí que lo que un ser humano de sexo masculino podía aportar a la sociedad dependía de la educación que ha recibido, de esas líneas maternas, de las condiciones de su entorno, de la conciencia con que se le educara, de las figuras referentes, de la coherencia con la actuación de los seres que le han rodeado, del compromiso de sus maestros en la escuela, de la valoración y promoción de sus habilidades y sus dones, de una educación en la igualdad de valores, del respeto, de la honestidad, de poder expresar y poner en valor sus ideas como ser único, de escuchar las opiniones de los demás y valorar lo positivo que le pueden aportar, y comprender el valor de lo que también todos podemos aportar, de compartir, en definitiva, de intentar que ese ser humano tenga integridad y un desarrollo adecuado.

En mi experiencia profesional, conocí situaciones en las que la prioridad principal era el sustento y el resto de valores quedaban en un segundo, tercer o cuarto plano y si, para asegurarse el plato de comida, había que pasar por una agresión violenta, por una falta de respeto a la integridad, la pregunta es: ¿Puede terminar eso en esta o en próximas generaciones? Para eso, como me contaron en alguna ocasión, habría que modificar muchas cosas, en la caja del súper no se puede pagar con solidaridad, respeto, educación, etc., aunque es cierto que esos valores pueden ayudar a que se genere la capacidad económica necesaria para que eso no ocurra, a través de ir mejorando la educación, la concienciación de que pertenecemos a una sociedad que necesita nuestra mejor versión, pues de otra forma, la evolución está limitada.

Nos miramos en un espejo social deformado, sucio e incoherente y lo hacemos, tanto hombres como mujeres, sin recordar la categoría de ser humano al que pertenecemos. Puede que la situación mejorara si “limpiamos” ese espejo, si una vez que llegamos al criterio que da la madurez, fuéramos capaces de analizar lo que nos han trasmitido y, de ello, lo que nos es útil para practicarlo y ser un ejemplo, posiblemente, el ser humano empezará a crecer y a poder participar de su propia evolución, eso es un esfuerzo que trasciende a un 8 de marzo.

Si ya estamos en el punto de “no retorno” y hemos conseguido interiorizar aquello que nos puede beneficiar y hacernos más íntegros, pongámonos en marcha y aunque no podamos volver atrás, sí podemos modificar con pequeños gestos nuestra sociedad, recordemos la teoría de “la masa crítica”.

No olvidemos el valor que tenemos como personas, independientemente del sexo que nos ha regalado la naturaleza, y todo lo que podemos transformar.

Ana Claret
lamiradadetao@gmail.com

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