¿Vivimos la vida que realmente deseamos?



La mayoría estamos convencidos que nuestra forma de ver la vida es la “correcta”. Que quienes ven las cosas diferentes a nosotros están equivocados. Vamos por la vida intentando convencer a los demás, y nos rodeamos de personas que piensan exactamente como nosotros. Nos creemos en posesión de la verdad, y perdemos de vista que la nuestra es una interpretación basada exclusivamente en nuestras creencias.

Desde el día en que nacemos, somos condicionados para pensar y comportarnos de acuerdo con las opiniones, valores y creencias de nuestro entorno social y familiar. Se nos impone el idioma con el que hablamos, los ideales que defendemos, la religión, la política, las profesiones entre las que podemos optar y, por supuesto, las modas que debemos seguir.

Vamos interiorizando muestras creencias a lo largo de nuestra vida, y al hacerlo, establecemos el filtro con el que interpretamos la realidad, con el que decidimos lo que está bien y mal. Son nuestras creencias las que nos hacen ver la vida de un modo u otro, al igual que ocurre con el resto de personas que habitan nuestro planeta. En cierto modo, cada persona es el rehén de sus propias creencias.

Las personas queremos ser felices, pero la mayoría no saben cómo lograrlo. No existe un solo ser humano que desee sufrir de forma voluntaria. La ignorancia y el autoengaño están habitualmente en el origen de ese sufrimiento, y consecuentemente de la infelicidad. En vez de mirar hacia el interior y cuestionar nuestro sistema de creencias, buscamos las soluciones fuera, y cuando no las encontramos, nos dedicamos a buscar culpables. En lugar de llevar a cabo un proceso de cambio y transformación personal, la mayoría se quedan anclados en el victimismo, la indignación, la impotencia o la resignación.

Llevamos demasiados años haciendo lo que se supone que nos conviene para vivir esa vida ideal que se nos ha transmitido, y nosotros hemos aceptado. Pero, ¿ideal para quién? Perseguimos tener cosas materiales de gran valor, relaciones ideales, familias perfectas,…, y ¿qué tenemos realmente, más allá de deudas, obligaciones y, muy habitualmente infelicidad?

Si nuestra vida carece de sentido, reconozcámoslo. No nos engañemos más. Si nos sentimos vacíos, asumámoslo. Dejemos de mirar hacia otro lado. El autoengaño es un déficit de honestidad. Esta cualidad nos permite reconocer que nuestra vida está hecha un lío porque nosotros nos sentimos así en la vida. A menos que admitamos que tenemos un problema, nos será imposible solucionarlo. Lo único que conseguiremos será crear nuevos problemas, cada vez más sofisticados.

Centrémonos en lo que queremos, marquémonos objetivos claros, y sobretodo, enfoquémonos en nuestro interior, en nuestras creencias más profundas. Es ahí donde encontraremos las soluciones. Es ahí donde podemos y debemos generar la vida que deseamos. Es ahí donde conseguiremos transformar nuestra realidad para vivir plenamente felices.

Únicamente seremos víctimas, si aceptamos esa realidad. La suerte es que al igual que hemos ido grabando unas determinadas creencias a lo largo de nuestras vidas, tenemos la posibilidad de cambiarlas si no nos gustan, y convertirnos de ese modo en dueños y señores de nuestra realidad.

Y curiosamente, cuando aceptamos esta realidad y asumimos la responsabilidad que realmente tenemos a la hora de “reprogramar nuestras creencias”, dejamos de sentir la necesidad de discutir, de imponer nuestra opinión o de tener la razón. Cada vez desarrollamos mayor predisposición para escuchar nuevos puntos de vista, incluso cuando éstos se oponen a nuestras creencias.


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