Reiki, la aspirina y cómo sanar desde dentro



El camino hacia una sanación más profunda pasa por el cuerpo y por la mente.
Reki es como la aspirina: si te duele el codo izquierdo te tomas una. O una sesión de Reiki, si prefieres. Queda el hecho que, la próxima vez que te duela el codo, tendrás que tomarte otra aspirina. O recibir otra sesión de Reiki.

También le podemos dar otro enfoque al tema: ¿por qué te duele el codo? ¿Por qué el izquierdo? ¿Y por qué ahora? Contestar a estas sencillas preguntas puede no resultar tan inmediato, sin embargo, si quieres poner la palabra “fin” a tu molestia en el codo, habrá que cavar para sacar la respuesta a la luz y encontrar una solución más estable al problema, idealmente una solución definitiva.

En primer lugar, hay que entender el mecanismo de la enfermedad: por desagradable que pueda resultar, ¡nos salva la vida! Desde el punto de vista evolutivo, si los animales (reino al que pertenecemos) no tuviéramos enfermedades ¡acabaríamos muertos! Toda dolencia es una señal que nos indica que hay un problema que requiere nuestra atención.

Sin embargo, nuestra sociedad suele vivir la enfermedad cómo un castigo, una molestia que nos ha caído del cielo. Olvida que se trata de una señal, de un mensaje, de una petición de atención y lo único que busca es el alivio. Vamos, que solemos matar al mensajero porque no nos gusta su mensaje.

Sería un poco como si, al encenderse el testigo de la gasolina en el coche, en lugar que buscar una gasolinera, nos empeñáramos en tapar la molesta lucecita con una pegatina.

En el caso del coche, nos quedaríamos tirados cuando finalmente el combustible termine, pero ¿qué pasa en el caso de los seres vivos cuando ignoramos la enfermedad?

Intentemos ponernos en los zapatos de nuestro cuerpo (que, por lo normal, coinciden con nuestros propios zapatos, pero tú me vas entendiendo). Si necesitas la atención de alguien, pongamos de tu tío, le llamas. Si no te hace caso o no te contesta, le llamas más alto. Si sigue sin hacerte caso te acercas y le preguntas por su sordera. Cómo siga ignorándote ya te puedes ir mosqueando y te puedes acordar de su padre (quien, aparte de no tener la culpa, es tu abuelo).

Pues el cuerpo hace lo mismo: envía una señal, un pequeño dolor, quizás un resfriado, cuando necesita que te ocupes de algo. Pide atención, puede que socorro. Si por toda respuesta te tomas una aspirina y pasas del “mensaje”, al cuerpo no le queda más remedio que levantar el volumen, es decir un dolor cada vez más fuerte, una enfermedad más grave.

Cómo en (casi) todo, la clave pasa por la sesera: ¿quién controla el cuerpo? ¡La mente! Cuando enfermamos es porque estamos pasando de los mensajes que nos envía nuestra mente. Seguro que conoces a alguien que nunca enferma: ni un estornudo a lo largo de todo el año. Sin embargo, son personas que quedan expuestas a los agentes patógenos igual que los demás. Si no llegan a desarrollar una enfermedad, es porque su mente no necesita decir nada.

Entonces para llegar a una sanación más profunda, tienes que escuchar a tu mente. Fácil, ¿verdad? Si eres un monje tibetano y has pasado las últimas décadas de tu vida meditando largas horas diarias, seguro que me entiendes ya que has desarrollado la capacidad para quedar a tomar el café con todos tus “yos”: tu mente, tu espíritu y seguro que el alma también.

Si, por otro lado, no eres un monje tibetano, ni cabe en tus planes dedicarle décadas a resolver una simple “coditis izquierda”, pero ves que la aspirina se te queda corta y no funciona ni desayunándola a frascos, entonces hay que buscar alternativas.

Analicemos el recorrido del mensaje: sale de la mente, pasa por el cuerpo (enfermedad o dolor) y llega a ti. Para investigar sobre el contenido del mensaje puedes hacer el camino en sentido contrario: en primer lugar, le “preguntas” al cuerpo.

Hay distintas técnicas para ello, por ejemplo, con la ayuda de HemiSync® puedes entrar en un estado de conciencia alterada donde permites que tu cuerpo se exprese y te entregue el mensaje de la mente de forma clara, en ocasiones, ya en la primera sesión.

Otra receta que te propongo pasa por analizar tu estado anímico en el momento en que enfermaste, o en los días y semanas anteriores. Hay que buscar un trauma, pequeño o grande, que desató la dolencia. Y créeme, siempre hay uno. Cuando lo identifiques ya tienes al culpable.

A partir de allí puedes afrontar el problema con Reiki. O con la aspirina.

Amedeo Beck Peccoz
www.rei.ki
Tel. 910 059 251

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