Los pensamientos positivos son más fuertes que los virus y que las bacterias nocivas



¡Cada pensamiento apremia a realizarse! Desea verse confirmado. Quiere ejecutar lo que contiene. Su efecto correspondiente puede ser positivo o negativo.

Un pensamiento que hemos tenido alguna vez de un modo muy intenso o que hemos vuelto a pensar una y otra vez durante bastante tiempo, constituye por tanto un elemento concreto de nuestro futuro. Si fuéramos conscientes de esta legitimidad espiritual, nos esforzaríamos en ser dueños de nuestros pensamientos lo más pronto posible.

Todos hemos hecho ya la experiencia de que cuando hemos hecho algo bueno en nuestra vida, habíamos reflexionado sobre ello ya bastante tiempo antes. Habíamos creado primero en pensamientos una imagen de lo que íbamos a realizar a continuación.

En los aspectos negativos no siempre resulta fácil darnos cuenta de esta consecuencia. Muchos pacientes, al mirar retrospectivamente su vida, tienen que reconocer que han atraído su enfermedad con pensamientos negativos, con enfados, odio, envidia, discusiones y otras cosas más. Incluso hay frecuentemente personas que han grabado la imagen de la enfermedad en su mente para conseguir algo a través de ella, por ejemplo, obligar a uno de sus semejantes a que haga algo determinado, o a que deje de comportarse de una manera determinada, o a que deje de hacer algo. Su deseo se hizo realidad –independientemente de si se consiguió también o no el efecto deseado.

Solemos tener muy poco en cuenta que nuestros pensamientos preceden siempre a lo que se manifiesta a continuación en lo externo, en el mundo material. Nuestro futuro, nuestro destino, depende en una gran parte de lo que sentimos y pensamos hoy. Nuestros pensamientos de hoy determinan nuestra vida de mañana.

Un antiguo dicho popular alemán habla del efecto de los pensamientos positivos: «Si quieres ser feliz en tu vida, contribuye a la felicidad de los demás. Pues la alegría que damos a otros, a nuestro propio corazón regresará». Esto lo podemos probar:

No importa lo que hagamos, –un pequeño regalo, una llamada telefónica, una breve visita– este gesto desinteresado a favor de nuestro prójimo, sin expectativas ni intenciones, alegra nuestro propio corazón. Nosotros mismos nos sentimos reconfortados y estamos contentos. No obstante, hay que tener en cuenta que esta «recompensa» interna, la alegría como consecuencia de la fuerza positiva, divina que fluye de modo incrementado, le es concedida solamente a aquel que actúa de verdad desinteresadamente, sin desear nada para sí.

Una persona que empieza el día positivamente, que está a favor de su prójimo, sin interés propio, reconocerá mucho más rápidamente las señales de «alarma», que le da su alma, purificará más rápidamente y no cometerá los antiguos errores. De este modo será liquidada la carga que hay en su alma y la persona no tendrá que sufrir la enfermedad que hubiese sido una consecuencia de las cargas negativas no purificadas.

Pensamientos, palabras o actos positivos y desinteresados son al mismo tiempo una medicina. Colaboran a aliviar molestias, quizás incluso a curar una enfermedad, cuando cambiamos consecuentemente nuestro modo de pensar y tratamos a nuestros semejantes sencillamente de manera positiva.

Esta experiencia se puede comprobar también en las clínicas. Cuando en una unidad clínica se encuentran pacientes gravemente enfermos y las enfermeras y médicos tienen una irradiación positiva, que actúa positivamente sobre los pacientes, estos por una parte se vuelven sanos más rápidamente, y por otra el personal sanitario no se contagia. Esto se sabe precisamente en las unidades de tuberculosis desde hace muchos decenios. Esta legitimidad tiene validez también en el caso contrario: si en un departamento hospitalario el clima entre las personas es malo, los pacientes están a menudo enfermos de manera crónica y el riesgo de infección del personal es mayor.

Hagámonos conscientes también de lo siguiente: todas las irritaciones y conflictos de cualquier tipo tienen un efecto perjudicial en la circulación de la sangre en nuestro cuerpo. Pueden afectar y disminuir las autodefensas y provocar molestias como resfriados, inflamaciones de la garganta y trastornos en la función de las glándulas.

Es preciso que nos demos cuenta a tiempo de lo que se está avecinando, para cambiar nuestro comportamiento lo más rápido posible. Deberíamos por tanto hacer borrón y cuenta nueva antes de que una irritación llegue al máximo. Digámonos ante cada irritación: «¡Esta me hace daño!».

La experiencia ha demostrado también que cuando se está gestando un estado de irritación, ayuda el rezar en voz alta, es decir, pronunciar una oración dirigida al propio cuerpo, pues los pensamientos y las palabras son fuerzas. La palabra pronunciada en voz alta tiene una resonancia mayor en el cuerpo.

Una persona que vive confiada en el Espíritu de Dios, vive conscientemente. Está alerta para captar inmediatamente cada pensamiento y comprender a tiempo cuál es su contenido. Por ello se dará cuenta a tiempo de qué es lo que se está avecinando y aplicará de inmediato la fuerza positiva.

La oración que pronunciamos hacia nuestro cuerpo debe estar plena de la fe en Cristo, de la fe y confianza en Dios, nuestro Padre.

Esta oración cumplida la pronunciamos por decirlo así como pensamiento hacia nuestro interior. Tal como llenamos un recipiente, así llenamos nuestro cuerpo con pensamientos positivos, con pensamientos de oración llenos de la confianza en Cristo.

Esta oración hacia el interior con la que llenamos el recipiente, nuestro cuerpo, hace que este entre en una vibración más elevada. Esta vibración, que también se denomina ritmo corporal, está por encima de los virus y bacterias nocivas, de modo que estos apenas pueden influir en nuestro cuerpo. ¿Qué posibilidad les queda sino la de salir del cuerpo?

Las fuerzas positivas, las fuerzas de Cristo, es decir, las fuerzas reconstituyentes, estimulan la salud en nuestro cuerpo y una renovada actividad.

Del libro “Tu mismo eres tu enfermedad y tu salud. Pero Dios está contigo.” También en e-book. www.EditorialGabriele.com – Teléf. 689 886 056


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