¿Cómo podemos cambiar de verdad?



¿Cómo podemos cambiar de verdad?
Algunos de los retos que se nos presentan

Todos tenemos defectos, a veces los conocemos y otras no, pero tanto si los vemos como si no son nuestros obstáculos, no nos gustan y pensamos que tenemos que estar luchando contra ellos.

Pero eso es un error… ¡No hay que luchar!

También tenemos cualidades que, igualmente, unas veces conocemos y otras no, pero que nos hacen sentir que hacemos algo que nos lleva a la  felicidad y a la paz.

¿Qué proponemos?

La táctica consiste en alimentar una cualidad tratando de desarrollarla frente a un defecto.

Vamos a ver algún ejemplo.

El principio de los retos

– Los celos

Empecemos por los celos, un sentimiento que generalmente nos hace decir interiormente: “¿Por qué no soy yo el que tengo esto o aquello cuando debería ser mi legítimo derecho?”

La sensación de injusticia nos duele porque la noción de carencia se apodera de nosotros. Tenemos “un vacío” de algo. 

¿Cómo podemos remediarlo?

Recurriendo a la cualidad que, en nosotros, primero distraerá, frenará y después borrará dicha sensación.

En nuestro ejemplo, el antídoto del veneno de los celos puede fácilmente nombrarse abnegación. La abnegación es una forma de generosidad que nos empuja a desear el bien ajeno antes que el propio. Por tanto, podemos servirnos de la abnegación para darle menos fuerza a ese reflejo de envidiar de forma enfermiza al otro.

La astucia, puesto que debemos ser más astutos que nuestro ego, con sus comportamientos primarios, consiste en lanzarnos unos retos concretos para asumir en nuestra vida cotidiana.

Como la abnegación implica la generosidad, vamos a dirigirla hacia la persona o las personas a quienes envidiamos, realizando pequeñas acciones que, en principio, no desearíamos hacer.

El esfuerzo que esto nos exigirá, disminuirá rápidamente en pro a un sentimiento de satisfacción ante el obstáculo, que habrá dejado de serlo.

En realidad, habremos empezado a alimentar una verdadera batería energética ascensional al poder realzar uno de nuestros potenciales.

– El rencor 

El mismo proceso puede aplicarse sobre el sentimiento de rencor, igual de ácido que el precedente. Por tanto,

¿Por qué no utilizar nuestro potencial de compasión para, poco a poco, desvitalizarlo?

Aquí de nuevo, el método del reto personal puede ser eficaz.

¿Por qué no tender la mano a aquel que nos ha herido creando uno o varios pequeños acontecimientos que para él serán una señal de voluntad de reconciliación?

En efecto, si la compasión es una de nuestras cualidades, ésta debe permitirnos comprender que, quizás, el otro no ha tenido tan malas intenciones como pensamos y que, de todas formas, también él tiene derecho a equivocarse, como todos en este mundo.

La compasión es la mayor de las sanadoras. Nos abre un camino de comprensión del sufrimiento del otro hasta el corazón mismo de sus aberraciones.

– La crítica 

Pasemos ahora a la necesidad de criticar…

¿No es fácil darse cuenta de que el sentido del humor puede aplacarla si lo usamos con más regularidad?

Aquí de nuevo, se impone el reto cotidiano. Consiste en proponerse tomar la costumbre de buscar el lado divertido, y por qué no, caricatural, de aquello que nos molesta.

Nos podemos decir algo así como: “Si fuera un dibujante de humor, ¿cómo ilustraría esta situación?”

Suscribir esta costumbre puede tener rápidamente y de modo sorprendente unos resultados positivos…

En resumen…

Hay que comprender que cada uno de los retos que os lanzáis será como una cita con lo mejor de vuestra alma. Su finalidad será propulsaros hacia vuestro verdadero centro en lugar de dejaros dispersar y agotaros en batallas inútiles.

Lo importante es que cada uno de estos retos sea lo más concreto posible. Más que su cantidad, lo que cuenta es la regularidad y la conciencia con las que os los lanzaréis. Ved en ello un juego y saldréis crecidos ya que estaréis más cerca de lo que realmente os habita: vuestra necesidad de paz y sed de armonía.

Y os preguntaréis…

¿Cómo podemos ser a la vez, y sin sufrimiento, alegres e irritables, compasivos y rencorosos?

La raíz de este tipo de dualidad, muy presente en muchos de nosotros, es lo que hay que aprender a desvitalizar con paciencia.

Sobre todo hay que ser honestos con nosotros mismo y no colocarnos las máscaras de la compasión o de la alegría mientras que, en nuestro interior, no lo estamos sintiendo de verdad. Esto formaría parte del engaño que la mente nos tiene acostumbrados. Es necesario aprender a colocarse en nuestro centro, que no es otro que nuestro corazón.

De esta manera veremos los barrotes de nuestra cárcel interior detrás de los cuales encarcelamos Aquello que hay de más luminoso en nosotros.

Cierto que no se trata de un remedio milagroso para nuestras pequeñeces, pero el hecho de querer identificar la naturaleza de los hierros que nos hemos forjado, tiene el mérito de esbozar las claves hacia una metamorfosis, de un auténtico cambio y darnos el impulso para iniciarlo. 

De la confrontación a la superación

En este sentido, es de suma importancia recordar que los aspectos menos agradables del ego no son los enemigos que creemos. Son ante todo obstáculos que nos incitan a superarnos.

Por tanto y contrariamente a la idea recibida, “destruir el ego” es un sinsentido en el camino de la liberación de la Luz en uno mismo.

Obstinarse en suprimir el ego, es hundirse aún más en la dualidad, es perpetuar nuestro cautiverio dentro de la encarnación. Es fijar la guerra en nosotros parapetándonos detrás de unos pretextos luminosos.

Es importante saber, y así lo han transmitido todas las grandes culturas, que nuestro ego, como manifestación densa de nuestra alma, el que constituye verdaderamente nuestra cárcel y nuestro freno. Nunca lo repetiremos lo suficiente: el ego es ante todo nuestra herramienta de avance. Todo depende de la forma en cómo lo manejamos. De hecho, el ego contiene en él las claves de su propia superación y de su sublimación.

Si persistimos en verlo como una cárcel, debemos, entonces, ser conscientes de que sus muros, sus barrotes y su cerradura son al mismo tiempo los forjadores y las expresiones de su clave liberadora. “En el adversario está la salvación”, ésta podría ser su divisa, ya que nos lleva a confrontarnos con nosotros mismos hasta dar a luz nuestra quintaesencia.

Sin valor, lucidez ni determinación, es imposible que ningún Amor pueda ser realmente revelado para ser finalmente alcanzado. Siempre volvemos a lo mismo…

Valor, lucidez y amor… Estos tres pilares del alma que ha emprendido superarse a sí misma, dominando los “colores” de su ego, eran el núcleo de la enseñanza original del Cristo a sus discípulos más próximos. No están ligados a ningún sistema religioso, sino a la simple toma de conciencia de que todo procede de nuestro interior.

Por tanto, no sirve de nada acusar a nadie o a nada de los trastornos de nuestra alma, puesto que somos nosotros quienes los creamos, los sembramos y los dirigimos desde la noche de los Tiempos.

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