ÁNGELES CON BIGOTES: EL VÍNCULO EMOCIONAL CON LOS ANIMALES

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Hay animales que llegan a nuestra vida y, casi sin darnos cuenta, terminan ocupando un lugar que nunca imaginamos.

Los gatos son uno de ellos.

Su elegancia, su curiosidad, su aparente independencia y esa peculiar manera de acercarse cuando ellos deciden hacerlo han fascinado al ser humano durante miles de años.

Quienes convivimos con un gato sabemos, además, que detrás de esa imagen de animal independiente existe todo un universo de comunicación: miradas, movimientos, maullidos, pequeños rituales cotidianos y formas de afecto que aprendemos a interpretar con el tiempo.

Pero nuestra relación con ellos no comenzó ayer.

Del gato salvaje al compañero de nuestros hogares

Los gatos domésticos actuales pertenecen a la especie Felis catus y su historia está estrechamente relacionada con el gato montés africano y de Oriente Próximo, Felis silvestris lybica.

El acercamiento entre gatos y seres humanos probablemente comenzó hace miles de años, cuando las primeras comunidades agrícolas empezaron a almacenar cereales.

Aquellos almacenes atraían roedores.

Los roedores atraían gatos.

Y la presencia de los gatos beneficiaba a los seres humanos.

Así pudo comenzar una relación que, generación tras generación, terminaría convirtiendo a aquel cazador que merodeaba alrededor de nuestros asentamientos en uno de los animales de compañía más queridos del mundo.

Existen evidencias arqueológicas de una relación entre seres humanos y gatos de hace aproximadamente 9.500 años en Chipre, mientras que hallazgos posteriores en China muestran que hace más de 5.000 años algunos felinos ya vivían cerca de comunidades agrícolas.

Pero la historia que quiero contar aquí no comienza hace miles de años.

Comienza el día en que tuve a mi primera gata entre los brazos.

Mi primer gato

Quienes hayan sentido por primera vez el deseo —y también la responsabilidad— de compartir su vida con un gato quizá comprendan perfectamente lo que sentí aquel día.

Por primera vez sostenía entre mis brazos aquel pequeño cuerpo caliente cubierto por una maravillosa mata de pelo largo, blanco y suave.

La miraba y casi no sabía cómo cogerla.

Quería que estuviera cómoda.

Que no tuviera miedo.

Que no se marchara de mi regazo.

Y, aunque ella todavía no podía saberlo, yo quería decirle de alguna manera:

«Voy a cuidarte.»

En mi casa nunca habíamos tenido gatos.

Durante mucho tiempo tampoco había sentido la necesidad de tener uno. Pero muchos de mis amigos habían adoptado y, cuando iba a visitarlos, empecé a observar de otra manera a aquellos pequeños seres que parecían vivir entre nosotros conservando siempre una parte de misterio.

Después comencé a llevar comida a algunos gatos de la calle.

Lo hice durante aproximadamente un año.

Aquello cambió algo dentro de mí.

Veía cómo se acercaban, cómo me observaban, cómo algunos parecían desenvolverse perfectamente en aquel mundo y cómo otros estaban delgados o mostraban las dificultades de vivir permanentemente expuestos a la calle.

Y un día sentí que había llegado el momento.

Y entonces llegó Pamuk

Me había informado.

Había leído sobre alimentación, areneros, camas, cuidados y todo aquello que aparentemente debía saber antes de recibir un gato en casa.

Pero ninguna información podía prepararme para aquel instante.

Ella estaba allí.

No me conocía.

Se encontraba en un lugar extraño.

Estaba asustada.

Y, probablemente, yo también lo estaba un poco.

Me preguntaba si sabría comprenderla.

Si podría reconocer cuándo necesitaba algo.

Si sería capaz de hacerla feliz.

Entonces comprendí que no se trataba únicamente de tener una mascota.

Se trataba de aprender a convivir con otro ser vivo.

Quise convertirme en esa familia que ella necesitaba y ofrecerle un regazo al que pudiera acudir siempre que quisiera.

Porque una de las primeras cosas que aprendí de los gatos es precisamente esa:

el cariño no puede imponerse.

Pamuk es independiente, pero sabe perfectamente dónde estoy.

Le encanta beber agua del grifo.

Cuando llego a casa, me recibe con sus maullidos.

Es dócil y le encanta dormir cerca de mí.

Pequeñas cosas.

Pequeños rituales.

Pero son precisamente esas pequeñas cosas las que, con el paso del tiempo, construyen un vínculo enorme.

Gracias, Pamuk.

Has sido una gran maestra.

Me has enseñado a abrir el corazón de una manera que desconocía.

Me has enseñado la alegría de abrir la puerta y saber que alguien viene a recibirme.

Y, sobre todo, me has enseñado algo que ningún libro podía explicarme:

cómo puede crecer el amor entre dos seres que ni siquiera hablan el mismo lenguaje.

Cuando un gato se convierte en familia

Cuando un gato entra en nuestra vida asumimos una responsabilidad que va mucho más allá de proporcionarle comida y un lugar donde dormir.

Necesita atención veterinaria, alimentación adecuada, actividad física, estimulación mental, seguridad y un entorno en el que pueda expresar sus comportamientos naturales.

Jugar, esconderse, explorar, trepar, observar desde lugares elevados, descansar sin ser molestado, arañar superficies apropiadas y disponer de recursos suficientes forman parte de su bienestar.

También debemos aprender a observarlo.

Porque nuestros gatos nos hablan constantemente.

No con palabras, pero sí con su postura corporal, sus ojos, sus orejas, su cola, sus vocalizaciones y, sobre todo, mediante los cambios en su comportamiento habitual.

Cuidar su salud

Una parte fundamental de querer a nuestros animales consiste en comprender que muchos problemas de salud pueden pasar desapercibidos durante sus primeras fases.

Los gatos tienden a ocultar signos de dolor o enfermedad, por lo que cualquier cambio significativo en su comportamiento merece nuestra atención.

Cambios en el apetito o en el consumo de agua, pérdida o aumento de peso, vómitos repetidos, diarrea, dificultad para orinar, alteraciones en el pelaje, cambios en la actividad o aislamiento pueden indicar que algo está ocurriendo.

Ante estos signos, la valoración veterinaria es fundamental.

Parásitos intestinales

Los gatos pueden verse afectados por diferentes parásitos intestinales.

Algunos pueden provocar diarrea, vómitos, pérdida de peso, alteraciones del apetito o deterioro del estado general, aunque un gato parasitado también puede no mostrar síntomas evidentes.

Además, determinados parásitos tienen potencial zoonótico, es decir, pueden transmitirse entre animales y personas.

Por eso son importantes las revisiones veterinarias, una estrategia de desparasitación adaptada al estilo de vida de cada animal, una correcta higiene del arenero y las medidas preventivas recomendadas por el profesional veterinario.

El estrés también existe en los gatos

Un gato necesita sentirse seguro en su territorio.

Mudanzas, obras, ruidos intensos, cambios de rutina, la llegada de otro animal o de una nueva persona, conflictos entre gatos, falta de recursos, dolor o determinadas enfermedades pueden generar estrés.

Y muchas veces ese malestar se manifiesta a través del comportamiento.

Un gato estresado puede esconderse más de lo habitual, mostrarse irritable, modificar sus patrones de sueño o alimentación, vocalizar más, acicalarse excesivamente, reducir su actividad o eliminar fuera del arenero.

Pero es importante no interpretar automáticamente cualquier cambio de conducta como un problema emocional.

Primero debemos descartar una posible causa médica.

Por ejemplo, que un gato orine fuera de su bandeja puede estar relacionado con estrés o con problemas ambientales, pero también con una enfermedad urinaria que requiere atención veterinaria.

Observar es importante.

Diagnosticar corresponde al profesional.

Lo que nuestros gatos pueden enseñarnos

Quienes convivimos estrechamente con animales sabemos que desarrollamos una enorme sensibilidad hacia sus estados de ánimo.

Aprendemos a detectar cuándo están tranquilos, cuándo tienen miedo, cuándo buscan nuestra compañía y cuándo necesitan distancia.

Y esa convivencia también puede invitarnos a observarnos a nosotros mismos.

No porque nuestros gatos sean un espejo literal de nuestras enfermedades o desequilibrios emocionales, sino porque cuidar de otro ser vivo puede hacernos más conscientes de nuestra propia manera de vivir.

Un gato puede recordarnos algo aparentemente sencillo y, sin embargo, extraordinariamente difícil para muchas personas:

parar.

Observar.

Descansar.

Jugar.

Disfrutar del sol que entra por una ventana.

Estar presentes.

Quizá esa sea una de sus grandes enseñanzas.

¿Tienen los gatos un «poder terapéutico»?

A quienes convivimos con ellos no nos resulta extraño sentir calma cuando un gato se acerca, se acomoda a nuestro lado y comienza a ronronear.

La relación con los animales de compañía se ha estudiado por sus posibles efectos sobre el bienestar emocional, la sensación de compañía, la soledad y determinados indicadores relacionados con el estrés.

Sin embargo, debemos ser prudentes.

Un gato no sustituye un tratamiento médico o psicológico, y no podemos afirmar que su presencia cure enfermedades o mejore necesariamente la salud cardiovascular de todas las personas.

Su verdadero valor quizá no necesite afirmaciones extraordinarias.

Para muchas personas, simplemente compartir la vida con un animal proporciona compañía, afecto, rutinas, momentos de calma y un profundo sentimiento de vínculo.

Y eso ya es mucho.

Alimentación: no todos los gatos necesitan lo mismo

El gato es un carnívoro obligado. Esto significa que posee necesidades nutricionales específicas que deben ser cubiertas mediante una alimentación completa y equilibrada formulada para su especie.

La edad, el peso, el nivel de actividad, la esterilización, las enfermedades existentes y otras características individuales pueden modificar sus necesidades.

Por ello, no existe una dieta universal adecuada para todos los gatos.

También debemos controlar las golosinas y los alimentos adicionales para evitar desequilibrios nutricionales y un exceso de calorías.

Mantener un peso saludable es especialmente importante, ya que la obesidad felina está asociada con un mayor riesgo de diferentes problemas de salud.

¿Hay que limitarles la comida?

Aquí tampoco existe una única respuesta.

Algunos gatos regulan adecuadamente su ingesta; otros tienden a comer más de lo necesario si disponen continuamente de alimento.

En muchos casos puede ser útil ofrecer la cantidad diaria calculada en varias pequeñas comidas, utilizar comederos interactivos o introducir actividades que estimulen la conducta natural de búsqueda de alimento.

La cantidad y frecuencia adecuadas dependerán del gato y deberían adaptarse con ayuda del veterinario cuando sea necesario.

Más importante que establecer una norma rígida de «dos comidas al día» es controlar qué come, cuánto come y cuál es su condición corporal.

¿Y los suplementos y remedios naturales?

Que un producto sea natural no significa que sea inocuo para un gato.

Este punto merece especial atención.

Los gatos metabolizan determinadas sustancias de manera diferente a las personas, y algunos alimentos, plantas, aceites esenciales y suplementos que utilizamos habitualmente pueden resultar perjudiciales o incluso tóxicos para ellos.

Por ejemplo, el ajo y otros miembros del género Allium, como la cebolla, pueden resultar tóxicos para los gatos y no deberían administrarse como suplemento casero.

Omega-3, glucosamina, probióticos, vitaminas, minerales u otros suplementos pueden tener indicaciones concretas en determinados animales, pero su utilización dependerá del problema, la dieta, la dosis y el estado de salud del gato.

Y esto resulta especialmente importante cuando existen enfermedades renales, hepáticas, cardíacas, articulares o metabólicas, durante la gestación o en animales geriátricos.

En estos casos:

no suplementes por tu cuenta.

Consulta con un veterinario antes de administrar cualquier producto, incluso cuando se comercialice como «natural».

Ángeles con bigotes

Este artículo está dedicado a todos esos gatitos que nacen cada día en las calles.

A sus madres, que intentan alimentarlos y protegerlos mientras sobreviven en condiciones que muchas veces no hemos elegido mirar.

A los gatos que nunca conocieron un hogar.

Y también a aquellos que un día lo tuvieron y después conocieron el abandono.

Pero, fundamentalmente, estas palabras están dedicadas a todas las personas que no pueden permanecer indiferentes ante un animal que necesita ayuda.

A quienes alimentan colonias de manera responsable.

A quienes rescatan.

A quienes colaboran con protectoras.

A quienes acogen temporalmente.

A quienes esterilizan, adoptan y ofrecen una segunda oportunidad.

A quienes entienden que ayudar a un animal no consiste solamente en sentir pena por él, sino en asumir responsablemente su bienestar.

Ellos también son nuestros ángeles.

Y quizá quienes tenemos la fortuna de compartir nuestra vida con un gato terminamos descubriendo algo que al principio no esperábamos:

Creíamos que nosotros íbamos a cuidar de ellos.

Y un día comprendemos que, de una manera completamente diferente, ellos también habían estado cuidando de nosotros.

Gracias, Pamuk.

Por llegar.

Por quedarte.

Y por enseñarme que algunas de las historias de amor más hermosas de nuestra vida comienzan, sencillamente, con cuatro patas y unos cuantos bigotes.

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