Dos extraordinarios productos de la colmena que unen naturaleza, alimentación y una tradición de siglos
Las abejas son mucho más que productoras de miel. Su actividad está íntimamente relacionada con la reproducción de numerosas plantas y con el mantenimiento de la biodiversidad. Al mismo tiempo, de la colmena obtenemos productos que el ser humano ha utilizado desde hace siglos: miel, jalea real, polen, propóleo y cera.
Entre todos ellos, probablemente la miel sea el más conocido. La jalea real, aunque menos habitual en nuestra alimentación cotidiana, también despierta un notable interés nutricional y científico.
Pero ¿qué son realmente estos dos productos? ¿Cómo los elaboran las abejas? ¿Qué contienen? ¿Y qué sabemos actualmente sobre sus posibles beneficios?
La extraordinaria labor de las abejas
Las abejas se encuentran prácticamente en todo el planeta, con excepción de la Antártida, y mantienen una estrecha relación con las plantas con flores.
En el caso de la abeja melífera, las obreras recolectan néctar y polen. El néctar constituye la materia prima fundamental para elaborar la miel, mientras que el polen aporta nutrientes esenciales para la colonia.
Esta actividad tiene además una enorme importancia ecológica.
Las abejas forman parte del amplio grupo de animales polinizadores. Según la FAO, alrededor del 75 % de los tipos de cultivos alimentarios del mundo dependen, al menos parcialmente, de la polinización, aunque esto no significa que el 75 % de todos nuestros alimentos dependa exclusivamente de las abejas. En términos de volumen, los polinizadores influyen aproximadamente en el 35 % de la producción agrícola mundial.
Por tanto, proteger a las abejas significa proteger mucho más que la producción de miel.
¿Cómo se produce la miel?
La miel comienza con el néctar que las abejas recolectan de las flores.
Cuando una abeja regresa a la colmena, el néctar experimenta diferentes transformaciones en las que intervienen enzimas producidas por las propias abejas. Posteriormente se deposita en las celdas del panal, donde continúa el proceso de maduración y se reduce su contenido de agua.
El resultado es ese alimento espeso, aromático y dulce que conocemos como miel.
Desde el punto de vista de su composición, la miel es fundamentalmente una solución concentrada de azúcares, especialmente fructosa y glucosa, además de agua y cantidades mucho menores de proteínas, aminoácidos, minerales, enzimas, vitaminas y compuestos fenólicos. Su composición concreta puede variar considerablemente dependiendo del origen floral, la estación, la geografía y las condiciones de almacenamiento.
Y precisamente ahí encontramos una de sus características más interesantes:
no todas las mieles son iguales.
Miel de romero, azahar, lavanda, brezo…
El aroma, el color, la textura y la composición de una miel están estrechamente relacionados con las flores visitadas por las abejas.
De ahí encontramos mieles comercializadas según su principal origen botánico: romero, eucalipto, azahar, lavanda, brezo, etc., además de mieles multiflorales.
Cada una presenta unas características organolépticas diferentes.
Una miel puede ser clara y suave; otra, oscura, intensa y ligeramente amarga. Incluso su tendencia a cristalizar puede variar.
Esto convierte la elección de la miel también en una experiencia gastronómica.
Sin embargo, conviene diferenciar estas características de determinadas propiedades medicinales que tradicionalmente se han asociado a cada variedad. Que una miel proceda, por ejemplo, del romero o del eucalipto no significa automáticamente que posea los mismos efectos terapéuticos que la planta de origen.
¿Es saludable la miel?
La miel es un alimento interesante desde el punto de vista de su composición, pero también es importante contemplarla sin idealizaciones.
Su componente mayoritario son los azúcares simples, por lo que su consumo debe integrarse dentro del conjunto de nuestra alimentación.
Al mismo tiempo, contiene diferentes compuestos minoritarios —entre ellos polifenoles— que han despertado interés científico por su actividad antioxidante y otras posibles propiedades biológicas.
Una revisión de ensayos clínicos en humanos ha encontrado resultados potencialmente beneficiosos en diferentes ámbitos, pero los propios investigadores señalan que los estudios disponibles son todavía limitados y heterogéneos.
Por tanto, la miel puede formar parte de una alimentación equilibrada, pero no debe presentarse como un alimento capaz por sí mismo de prevenir o curar enfermedades.
Miel para aliviar la tos: ¿qué sabemos?
Una de las aplicaciones tradicionales de la miel que más se ha estudiado científicamente es su utilización para aliviar la tos.
Algunas investigaciones realizadas en niños con tos aguda indican que podría contribuir a disminuir la frecuencia de la tos y favorecer el descanso nocturno. Sin embargo, una revisión sistemática señala que la calidad global de estas evidencias es entre baja y muy baja, por lo que los resultados deben interpretarse con prudencia.
Y aquí existe una precaución fundamental:
Nunca debe darse miel a un bebé menor de 12 meses.
La miel puede contener esporas de Clostridium botulinum, responsables del botulismo infantil. Esta recomendación se aplica a la miel independientemente de su procedencia o calidad; disponer de registro sanitario no convierte la miel en segura para menores de un año.
¿Y qué es exactamente la jalea real?
Si la miel resulta fascinante, la jalea real no lo es menos.
La jalea real es una secreción producida por determinadas glándulas de las abejas obreras jóvenes y desempeña un papel esencial en la alimentación de las larvas.
Las larvas reciben jalea real durante sus primeros días de desarrollo, mientras que la abeja reina continúa alimentándose de ella.
Esta diferencia en la alimentación está vinculada al extraordinario desarrollo de la reina y ha contribuido históricamente al interés que la jalea real ha despertado como complemento alimenticio.
Su composición es compleja e incluye agua, proteínas, azúcares, lípidos, vitaminas, minerales y diferentes sustancias bioactivas.
Jalea real: entre la tradición y la investigación
Tradicionalmente, la jalea real se ha comercializado como un producto reconstituyente, especialmente asociado a periodos de cansancio, convalecencia, cambios estacionales o elevada actividad física o intelectual.
Sin embargo, aquí también conviene diferenciar entre uso tradicional y evidencia clínica.
La investigación ha identificado numerosos componentes biológicamente activos y estudia posibles efectos antioxidantes, antiinflamatorios y metabólicos. Una revisión sistemática reciente describe resultados prometedores, aunque esto no equivale a demostrar que la jalea real pueda tratar las múltiples enfermedades o situaciones para las que en ocasiones se promociona.
Una revisión y metaanálisis de ensayos clínicos encontró, por ejemplo, cambios en determinados marcadores relacionados con el estrés oxidativo, pero no observó una reducción significativa de uno de los principales marcadores inflamatorios analizados y detectó una elevada heterogeneidad entre los estudios.
Por ello, hablar de la jalea real como un producto interesante desde el punto de vista nutricional es razonable; presentarla como tratamiento para enfermedades concretas requiere mucha más cautela.
¿Quién debe tener precaución?
Natural no significa necesariamente adecuado para todo el mundo.
Además de la prohibición de administrar miel a menores de 12 meses, las personas con diabetes o dificultades para controlar la glucemia deben tener en cuenta que la miel sigue siendo una fuente concentrada de azúcares y valorar su consumo dentro de su pauta nutricional y las recomendaciones de sus profesionales sanitarios.
Asimismo, los productos de la colmena pueden provocar reacciones alérgicas en algunas personas. Ante antecedentes de alergia a productos apícolas, polen u otras sustancias relacionadas, resulta especialmente importante actuar con prudencia.
Y los complementos de jalea real no deberían utilizarse como sustitutos de un tratamiento médico ni como respuesta única ante cansancio persistente, debilidad u otros síntomas cuya causa debería ser evaluada.
Cómo elegir una buena miel
Al comprar miel conviene fijarse fundamentalmente en su procedencia, etiquetado, productor y trazabilidad.
El color por sí solo no determina su calidad. Tampoco una miel cristalizada significa que se haya estropeado.
La cristalización es un fenómeno natural relacionado, entre otros factores, con la composición de azúcares de la miel y las condiciones de conservación.
Si podemos conocer su procedencia y el entorno en el que trabajan las abejas, estaremos además acercándonos a uno de los aspectos más hermosos de este alimento: cada miel cuenta, en cierto modo, la historia del paisaje del que procede.
Mucho más importantes que la miel
Durante años se ha hablado de la “desaparición de las abejas”, pero la realidad científica es bastante más compleja.
No existe una única causa.
Los polinizadores afrontan diferentes presiones relacionadas con la pérdida y fragmentación de hábitats, agricultura intensiva, monocultivos, exposición a determinados pesticidas, enfermedades, especies invasoras y cambio climático.
También conviene corregir otro mito muy extendido: no existe evidencia fiable de que Albert Einstein afirmara que, si desaparecieran las abejas, a la humanidad le quedarían solamente cuatro años de vida.
No necesitamos esa frase para comprender su importancia.
La realidad ya es suficientemente significativa.
La FAO señala que existen alrededor de 25.000 especies de abejas, la mayoría silvestres, y que tanto los polinizadores silvestres como los gestionados desempeñan funciones fundamentales para los ecosistemas y la agricultura.
Un pequeño alimento que nos habla de un enorme ecosistema
Quizá una cucharada de miel parezca algo insignificante.
Pero detrás de ella encontramos flores, paisajes, estaciones, miles de vuelos entre plantas y colmenas y uno de los procesos de cooperación biológica más fascinantes de la naturaleza.
La miel y la jalea real pueden formar parte de nuestra alimentación y de determinadas tradiciones de bienestar, siempre que sepamos diferenciar entre propiedades nutricionales, usos tradicionales y beneficios demostrados científicamente.
Y quizá exista todavía una enseñanza mayor.
Las abejas nos recuerdan hasta qué punto nuestra alimentación, nuestra salud y nuestra propia existencia están conectadas con la biodiversidad que nos rodea.
Cuidar de las abejas no significa solamente conservar la miel. Significa contribuir a conservar los ecosistemas de los que todos dependemos.
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