¿Y tú por qué me quieres? ¿Y yo por qué no me quiero?



Parece que últimamente esta sección va a remolque del calendario: las vacaciones de verano, el día de acción de gracias, la navidad,… Este mes, aunque seguimos en la misma tónica, me adelanto para dedicárselo al día de San Valentín, patrono de los enamorados. Más que por oportunidad es por puro oportunismo. Porque en estos últimos días, varias parejas cercanas parece que no van a llegar juntos al 14 de febrero y he compartido con ellos reflexiones y descubrimientos.

Una de las cosas que más me ha sorprendido es que, a diferencia del tópico que a veces escuchamos: “no quiero seguir contigo porque has cambiado mucho, ya no eres la misma persona de la que me enamoré…”, los argumentos a favor de la ruptura son exactamente los mismos que en su momento cimentaron la feliz unión.

Es una persona demasiado acomodaticia, demasiado dispuesta, se lo hace todo demasiado fácil a todo el mundo, se compromete a cosas con demasiada facilidad…
Espera – contesto yo – ¿no era por todo eso por lo que te liaste la manta a la cabeza y os fuisteis a vivir juntos al poco de conoceros? ¿porque te lo hacía todo muy fácil y sentías que estaba al 100% contigo?
Sí, por eso y porque me decía que nunca había conocido a una persona como yo, tan fuerte, tan segura, con las cosas tan claras y tan asertiva…
¿Y ahora?
Ahora dice que no se puede hablar nada conmigo, que sólo quiero las cosas a mi manera, que no escucho y que nunca doy mi brazo a torcer…

Escuchar estos argumentos resulta un poco paradójico, ¿no? Lo que más les gustaba es justo lo que ahora les cuesta aceptar, ¿qué ha pasado?

Si no ha cambiado la otra persona, entonces he tenido que ser yo. No sé, pero yo creo que no, que sigo siendo igual, con los mismos valores, con las mismas creencias, con la mismas manías,…
Pero ha cambiado bastante tu situación me parece a mí, y cuando cambia tu entorno hay algo que es inevitable que cambie…
¿El qué?
Tus necesidades. A lo mejor eso que antes tanto te gustaba no es que te haya dejado de gustar. Es que ya no lo necesitas… y ahora te estorba.

Transcribiendo esta conversación no intento simplificar las relaciones de pareja, ni establecer un modelo teórico; sino reflexionar sobre un aspecto importante de ellas: cómo solemos emparejarnos con personas que nos cubren o facilitan la satisfacción de algún tipo de necesidad.

En el Eneagrama, miramos las necesidades desde los tres centros: visceral, emocional y mental. Conforme a sus funciones, podemos agrupar a nuestr@s elegid@s en estos tres grupos de personas:

l@s que nos facilitan la satisfacción de las necesidades instintivas: bienestar material, trabajo, sexo, reproducción, contactos, ascenso social,…
l@s que nos devuelven la imagen con la que queremos ser vistos, y nos hacen sentir importantes, valiosos, especiales…
l@s que nos hacen sentir seguros, nos dan confianza y estabilidad, son personas sólidas, una garantía de futuro…

Cuando estamos en niveles bajos de consciencia, solemos estar muy obsesionados con una de estas necesidades y nos aferramos a quien nos la satisface creando relaciones de dependencia profundamente insatisfactorias a nivel emocional.

En los niveles medios, aunque una de las necesidades es principal, podemos valorar las otras y somos más “racionales” eligiendo pareja, sopesamos y no solemos estar dispuestos a satisfacer la que consideramos más importante con cualquiera y a cualquier precio.

En los niveles sanos, no elegimos en función de nuestras necesidades porque nos hemos responsabilizado de ellas y buscamos compartir con el otro más que resolver a su costa.

Esta búsqueda de otro, para satisfacer nuestras necesidades, es habitualmente inconsciente, por lo que resulta también interesante reflexionar sobre cómo nos explicamos a nosotros mismos esto de “beber los vientos” por otra persona.

No quiero pasar por alto la irresistible atracción que la naturaleza despierta entre dos individuos de distinto sexo en edad reproductiva cuya combinación genética va a producir una nueva generación mejor adaptada al entorno y más apta para sobrevivir. Esta poderosa fuerza persigue el apareamiento, aunque dado que vivimos en una cultura en el que éste se produce en el seno de una institución familiar, es fácil que en ambientes tradicionales, la llamada de la selva desemboque en matrimonio.

Aparte de esta torridez, siempre solemos invocar el amor, el más noble de los sentimientos, para dar entidad a nuestro emparejamiento. Y no es que el amor no esté, está siempre, entre todos los seres humanos. Es que cuando aparece nuestro ego y su concepto de nosotros mismos como seres carentes y necesitados, el amor no puede expresarse.

Así que lo sustituimos por el enamoramiento, el menos lúcido de los estados mentales, y cerramos los ojos a muchas de nuestras realidades para que la pareja escogida sea la fuente absoluta de felicidad que tanto hemos anhelado.

El problema es que antes o después, lo real suele imponerse e ir echando jarros de agua fría al enamoramiento para que abra los ojos. Que en algún momento mis necesidades cambian y me encuentro saturado de algo que antes necesitaba como el respirar. Y que probablemente a la otra persona le va a ocurrir lo mismo y con suerte al mismo tiempo para no recrudecer las cosas con victimismos o venganzas.

Así que si queremos que el santo nos bendiga, necesitamos tomar consciencia de nuestras necesidades, especialmente aquellas que estamos volcando en el otro, y responsabilizarnos de ellas. Nadie mejor que yo para darme la mayoría de las cosas que espero del otro. La dificultad estriba en creer en mí, en mis recursos y en mis capacidades. Claro, que eso sería expresar amor por mí mismo. Que no es lo mismo que enamorarme de mí. Vaya lío. San Valentín, ¿nos ayudas?


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