¿Tienes problemas? Un único problema, una única solución



Si, en cualquier momento de nuestra vida, nos preguntáramos si tenemos problemas, seguramente encontraríamos una serie de cuestiones que nos preocupan, escenarios que parecen estar despertando nuestro malestar. Quizás no estemos consiguiendo ciertos objetivos, puede que nos sintamos preocupados por una enfermedad de alguien cercano o de nuestro propio cuerpo o tal vez, nos parezca no estar recibiendo el apoyo o el cariño que esperábamos de alguien… Si nuestras finanzas se resienten o perdemos nuestro empleo, si ciertas condiciones con las que contábamos dejan de darse… nos parece que, realmente, tenemos problemas y que de su resolución depende que volvamos a estar en paz.

Estas u otras cuestiones parecidas merodean entonces por nuestra mente y a ellas dedicamos diariamente nuestra atención, buscando posibles soluciones o imaginando escenarios amenazadores si éstas no funcionan como esperamos. Lo que suele suceder es que, apenas hemos solucionado uno de estos aparentes problemas, surgen otros nuevos que vuelven a ocupar nuestro espacio mental acaparando tanta energía y atención que nos agotamos al separarnos mentalmente de la vida presente, fuente de nuestra vitalidad y renovación.

Ya que en base a su resolución gira tanto nuestro vivir e invertimos tan preciosas energías, podríamos preguntarnos: ¿Qué es realmente un problema?

Podríamos definirlo de forma muy somera como una historia en la que a un personaje (yo) le suceden (o no) “cosas” que no coinciden con lo que ese personaje desearía y, por ello, necesita hacer algo para que esas circunstancias cambien o dejen de producirse.

Pero… si miramos eso que llamamos “problema” a la luz del momento presente, ¿qué encontramos aquí y ahora, en este instante, de toda esa historia? 

Mirémoslo con honestidad y lucidez: ¿Qué hay aquí ahora mismo? Quizás una constelación de percepciones de nuestros sentidos (sonidos, olores, objetos o personas que vemos…), algunas sensaciones físicas y tal vez una cadena de pensamientos que, seguramente, insisten sobre la necesidad de resolver algo o presentan imágenes atemorizantes en torno al futuro… Al ser creídas con fuerza, quizás aparezcan también emociones de temor o angustia que sean sentidas en el cuerpo como contracciones, tensiones, algún dolor o punzada y, seguramente, respiración entrecortada o acelerada. Este paisaje, vivido en la inmediatez de este instante, es perfectamente abordable. Y es, por cierto, lo único que podemos abordar, ya que las posibles situaciones futuras que la mente nos presenta, no están a nuestro alcance, no existen.

Más aún, este paisaje presente ha de ser abordado con absoluta prioridad, ya que esta amalgama de pensamientos y emociones sufrientes están tiñendo la situación objetiva de una carga que no necesita.

La experiencia presente sólo busca nuestra apertura, la amplitud de la consciencia que somos, para poder expresarse. Estas olas de experiencia que se levantan, descienden y cambian, son sólo eso: momentáneos aconteceres que pueden ser contemplados, permitidos. La vida, bajo estas formas emocionales y mentales que llamamos preocupación, se está expresando.

Si nos acercamos un poco más, lo que encontramos siempre detrás de una de estas situaciones que llamamos “problemáticas” es un personaje que llamamos “yo” al que todo esto le está ocurriendo. Es él el que se apropia de ese manojo de pensamientos, emociones, sensaciones… llamándolas “mi problema”, convirtiéndose así en un “alguien” más sólido, al que le pasan ciertas cosas que necesita solucionar.

El “pequeño yo” se considera a sí mismo un solucionador de problemas. Esa fue su génesis: concebirse como un alguien separado de un universo que consideró amenazador y al que creyó tener que mejorar o arreglar para sentirse seguro. Enfocándose en las cosas, a las que atribuyó su malestar, para intentar cambiarlas, empezó a conocerse como el “hacedor”, el solucionador del gran problema que es, para él, la existencia. Pero, en realidad, ese gran problema, con sus infinitas ramificaciones, sólo se percibe como tal desde una identidad separada y atemorizada. Ésta, considerándose el centro de su universo, interpreta que lo que sucede, le sucede a ella, es decir, se toma personalmente todo lo que ocurre. Desde ese victimismo, su sufrimiento está garantizado. 

Desde la profunda unidad con la vida que somos, eso que llamamos “problemas” es, simplemente, experiencia presentándose momento a momento bajo diferentes formas. No le ocurren a “alguien”, sino que simplemente ocurren, aparecen y desaparecen fenómenos sin ninguna etiqueta personal adherida.

No me creas, míralo bien. Ven a tu experiencia inmediata. Sin calificar como problema a esto que aparece o se está moviendo ahora mismo, sin adjudicarte lo que observas, sientes o piensas como algo personal, sin considerarte víctima de ello, sin la necesidad imperiosa por tanto, de solucionarlo… ¿qué queda? Pura vida, tomando formas, moviéndose en el espacio abierto de la consciencia. 

Si, en lugar de separarnos de ellas considerándolas “problemas que me ocurren a mí, pequeño yo victimizado”, permitimos que se muevan libremente, ofreciéndoles nuestro espacio y atención, ¿qué experimentamos? Notaremos que, simplemente, son procesadas, como se disuelven las nubes en el cielo o se funden las olas con el océano: vuelven a su fuente.

Y, en seguida, nos encontramos inmersos en un nuevo paisaje, con nuevas formas que piden el mismo tratamiento: amor, espacio, atención. Son sólo expresiones de vida que esperan ser reconocidas como lo que son, más allá de su apariencia.

Curiosamente, el abordar eso que llamamos problema a la luz del instante presente, tal como aparecen sus expresiones momento a momento, no supone en absoluto un abandono de la cuestión que se ha presentado. Simplemente, nos acercamos a ella del modo más real e inmediato, abrazando y conscienciando todas las implicaciones, sobre todo las que se derivan de haberla considerado “un problema que a mí me sucede”. Al soltar la tensión y el sufrimiento causados por esta conceptualización, nos sentimos más abiertos y lúcidos para ir abordando de modo ágil y mucho más eficaz todo lo que necesita ser tratado.

Necesitamos, eso sí, ofrecernos pausas, espacios para contemplar amablemente las urgencias, las imágenes, los temores que aparecen en nuestra amplitud, buscando acogida. Démosles nuestra atención y nuestro aliento, respiremos con ellos, permitámonos sentirlos. Cuestionemos también los pensamientos que parecen definir la situación como problemática, no los demos por ciertos. ¿Es verdad lo que aseguran? ¿Nos sentimos en paz si los creemos? ¿Necesitamos esos pensamientos realmente? Reconozcámonos como esa inmensa capacidad que sostiene todo con amor y lucidez.

Así, lo que parecía ser “el problema” nos va trayendo de vuelta al hogar, a la experiencia y a la comprensión de lo que somos: espacio abierto en el que las expresiones de la vida pueden ser asumidas como simples modulaciones pasajeras de sí misma. El verdadero problema, si se le puede llamar así, el único error, es olvidarnos de ello y recluirnos en un diminuto yo separado al que le suceden cosas que parecen amenazar su precaria identidad.

Proyectamos en esos sucesos la causa de nuestro malestar cuando en realidad, la verdadera raíz de todo sufrimiento es habernos olvidado de nuestra esencia inalterable, absolutamente estable, poderosa y plena.

La buena noticia es que eso que llamamos problemas, tiene el poder de recordarnos esa esencia si, en lugar de empeñarnos con urgencia en arreglarlos, los usamos para descubrir la estabilidad que siempre fue nuestra. 

Dora Gil
Próximos retiros en La Hospedería del Silencio
www.hospederiadelsilencio.com
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