¿Por qué lloras? Sólo era un gato



Hay muchos duelos a los que, a nuestro dolor por la pérdida, se suma el dolor de la incomprensión. Uno de ellos es el dolor por la muerte de un compañero animal. Quien no ha convivido íntimamente con ellos es difícil que pueda hacerse una idea de la profundidad del vínculo que se forma. 

Pensémoslo así: un animal es un ser que está siempre presente para nosotros, para el que somos una parte importante de su mundo y nos lo hace saber y, muy importante, es alguien que no nos juzga. Con ellos no tenemos miedo a ser incorrectos y equivocarnos, ni a llorar, ni hacer el idiota en su presencia. 

Tranquilamente nos mostramos ante ellos, en muchas ocasiones son el único ser con el que podemos ser verdaderamente nosotros mismos. 

El tiempo que pasamos juntos puede ser realmente íntimo, podemos contarles nuestras penas, nuestras alegrías y mirarlos a los ojos conectando con ellos cada día. Tienen el don de hacernos sentir importantes.

Al convivir con ellos, ya sabemos que, habitualmente, vivirán menos que nosotros, lo que no hace que sea menos dura la pérdida. No es una “mascota” la que se va, es un amigo, es un confidente y es un tipo de amor que es difícil encontrar en un humano. Todo eso es lo que echaremos de menos. Y cuando estamos en nuestro duelo, pensando en si podíamos haber hecho más por su salud, si le cuidamos lo suficiente, si pasamos todo el tiempo que podíamos juntos, cómo será la vida sin alguien tan importante para nosotros…, entonces nos encontramos con personas que hacen comentarios del tipo de: 

“Pues no sé por qué lloras tanto, solo era un animal”.
“Bueno, ahora adoptas otro y ya está”.
“Ya sabías que se iba a morir antes que tú, viven menos, es lógico”.
“Nunca he entenderé a qué tanto drama”.
“Con los pelos que soltaba y el trabajo que daba, ahora la casa estará mejor”.
“Era un bicho, lo importante son las personas”.
“De verdad, cualquiera diría que sientes más esta muerte que la de gente de tu familia”.

Y la pregunta es ¿y por qué no? Por qué razón hay que sentir más la muerte de una persona que la de un animal. Es un pensamiento de lo más soberbio, como si sólo por el hecho de ser humanos ya mereciéramos un duelo mayor. ¿Por qué? ¿Acaso la vida de un ser con el que compartimos nuestro día a día, que nos acompaña y en quien nos apoyamos emocionalmente debe de ser menos celebrada que la de un humano, independientemente de nuestra relación con él? Para mí, eso sí que no tiene lógica alguna.

Personalmente, convivo con animales y, sin dudarlo, me afectan mucho más sus vidas que las de otros seres que no están tan cerca de mí (sean o no humanos). Creo que es lo normal y me encantaría que fuera más comprendido o, al menos, respetado. Opinar sobre lo que otra persona debe o no sentir en un duelo, del tipo que sea, es una costumbre que deberíamos ir erradicando. El hecho de que todavía lo hagamos, demuestra nuestra falta de empatía y de conexión con nuestras propias emociones. Y es que, sólo podemos admitir en otro lo que antes admitimos en nosotros mismos.

Estamos educados para “ser fuertes”, para aguantar, para sentir el mínimo. Como si nuestras emociones fueran algo irracional y molesto que hay que eliminar de la vida. Y sí, son irracionales, claro que sí. Tan irracionales como nosotros. 

Por más que llevemos siglos intentando convencernos a nosotros mismos de que somos seres racionales, la lógica de los hechos y, cada vez más, la ciencia nos dice lo contrario: somos seres emocionales. Así que cuanto antes respetemos y aceptemos nuestras emociones y las de los demás, mejor.

Hacer un duelo rodeados de incomprensión por parte de las personas que amamos da una profunda sensación de soledad, que sólo ahonda más en la tristeza que ya sufrimos. En un momento en el que sencillamente necesitamos un abrazo, unas palabras de apoyo y cariño, encontramos palabras duras, incomprensión, gente que opina sobre lo que no debe ni puede opinar, porque no sabe de lo que habla, porque no lo ha vivido. 

Eso nos puede hacer sentir estúpidos, inadecuados, débiles y abandonados, cuando sólo necesitamos algo de calor y espacio para vivir lo que sentimos. Los duelos no son para comprenderlos, son para vivirlos y si nos toca acompañar a alguien que pasa por una tristeza que no comprendemos, olvidemos nuestra necesidad de entender y pongamos por encima lo que el otro siente. 

Dejemos de hablar con la cabeza diciendo lo que pensamos, para sencillamente estar ahí. Puede que tengamos que decir un “no entiendo tu amor por ese animal y tu sufrimiento con su pérdida, pero te respeto y estoy aquí para lo que necesites, por lo que veo, era importante para ti, y eso es lo único que cuenta”. Seamos humanos con otros humanos y hagamos lo que cualquier otro animal haría: respetar sin juzgar y acompañar con presencia. Eso es todo lo necesario.

Raquel Rús
www.raquelrus.es
Profesora certificada de Eneagrama y EFT. Especialista en Psicología energética y Gestión emocional.
raquelrus@hekay.es

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