Navidad en familia ¡horroooor!



Ni Halloween ni la última película de terror, lo que puede dar miedo de verdad es sentir que se acercan las Navidades y, con ellas, las consabidas reuniones familiares. Lo que me hace preguntarme: ¿por qué vamos a esas cenas si ya sabemos que vamos a sufrir?, ¿somos masocas? ¿qué nos pasa?

Cada año vamos a las cenas navideñas como en una procesión a un mal necesario, sin plantearnos si eso es lo que queremos o lo que necesitamos. Sabiendo que cada año se pueden dar situaciones desagradables repetimos una y otra vez sin hacernos nuevos planteamientos, simplemente asumimos que es algo que hay que pasar y que cuanto antes ocurra mejor. Como una operación a corazón abierto o ponernos unos zapatos por primera vez. Si hay que hacerlo se hace, mejor no pensar en ello.

En esta dinámica asumimos que vamos a encontrarnos con la abuela que nos avisa de que se nos está pasando el arroz, con el tío que hace bromas pesadas con nuestra orientación política, con nuestros padres que (independientemente de nuestra edad) nos dicen cómo comportarnos con la familia, con el primo que lo hace todo bien y disfruta haciendo un despliegue de sus éxitos… ¿qué nos impulsa a entrar voluntariamente en un ambiente estresante cada año? ¿Deberíamos de pararnos a pensar? ¿Y si algo pudiera “cambiar”?

Si tomamos consciencia de la pereza que puede darnos ir, sí días antes ya estamos preparando contestaciones mentales a preguntas y comentarios que consideramos probable que se den, si las actitudes que se dan en la preparación del evento ya son sospechosas, ¿por qué no decir “no voy, gracias, prefiero no pasarlo mal”?

¿Por qué pasa lo que pasa y por qué es tan habitual que pase hasta en las mejores familias? Cuando estamos con el clan habitualmente no decimos lo que pensamos por:

a. Mantener los secretos.

b. Pertenecer.

Los secretos se ocultan principalmente por dos razones muy poderosas: la culpa y la vergüenza. No hablar de ellos nos convierte en cómplices, pero también nos asegura la pertenencia a “la familia” (si has leído esto último con voz de mafioso en tu mente, no te preocupes, es normal). Todos queremos pertenecer, porque como animales sociales sabemos de una manera muy arcaica que eso hace que nuestra supervivencia sea más probable. El grupo nos protege, aunque el precio suele ser seguir sus normas y que la disidencia sea castigada. Es decir que solemos pagar esa seguridad a cambio de nuestra individualidad y nuestra libertad. Ni más ni menos. Y todo de manera inconsciente.

Si uno dice lo que piensa en el fondo considera que puede dejar de ser amado, puede ser rechazado, puede quedarse fuera… y eso da mucho miedo. Lo que pasa es que si nos paráramos a pensar un poco quizás nos diera más miedo llegar a una edad en la que miremos atrás y nos demos cuenta de que jamás fuimos nosotros mismos. Incluso puede que la desconexión sea tal que ni sepamos mínimamente quiénes somos, qué queremos, qué necesitamos, qué sentimos o qué pensamos.

Y, siendo brutalmente honestos, si alguien no nos ama por ser quienes somos ¿nos ama realmente? Es muy duro, muy doloroso, llegar a considerar seriamente que nuestra familia puede no querer tener relación alguna con ese ser que habita nuestro interior, que somos nosotros, y que tan a menudo olvidamos o bloqueamos por considerarlo incorrecto de alguna manera.

Son casos extremos, y no obstante demasiado habituales, para ello yo recomiendo una buena terapia que nos ayude a amarnos lo suficiente a nosotros mismos como para tener a esa familia de sangre a una distancia prudente (interna, no externa) y generar nosotros una familia de personas que sí nos acepte tal cual somos, con todo. Eso no quiere decir dejar de querer a nadie, ni dejar de hablar a nadie (al menos no en el largo plazo), solo estar lo suficientemente íntegros como para que lo que hagan o digan no nos afecte. Y, con mucho trabajo, conseguir amarlos tal cual son.

Eso implica mucho, lo sé por experiencia, pero es lo ideal. De esa manera podremos ir a todas las cenas que haya que ir con toda la tranquilidad del mundo.

Más arriba he mencionado la necesidad de “estar íntegros”, me gustaría aclarar a qué me refiero. Quizás el concepto “sombra” de Carl Jung te sea familiar, si no es así creo que es interesante mencionarlo aquí. Según este discípulo de Freud, en nuestra infancia con la educación familiar, principalmente, y escolar, secundariamente, vamos recibiendo mensajes directos e inconscientes sobre lo que “deberíamos de ser”.  Cada vez que un padre o una madre pide a su hijo que “sea bueno” habitualmente no habla de la bondad del corazón, lo normal es que inconscientemente le esté diciendo “cumple las reglas de la familia, no las desafíes”. Ese sería un mensaje indirecto y probablemente inconsciente hasta para el progenitor que lo da. Algunos conscientes podrían ser: “los niños no lloran”, “no puedes odiar a tu hermano” o “en esta familia somos de este partido político/ equipo de fútbol/ estilo de profesiones”.

Como animales sociales que somos no nos planteamos si seguir esos mandatos es bueno o malo para el desarrollo pleno de nuestro ser. La prioridad es sobrevivir, no ser felices ni sentirnos realizados, así que nos ponemos a ello. Vamos enviando a la “sombra” las partes de nosotros que no consideramos aceptables. En función del tipo de familia en la que nos criemos serán unas u otras. Podemos mandar a nuestra sombra nuestra capacidad de enfadarnos, nuestra tristeza, nuestras necesidades, nuestra orientación sexual, nuestros talentos, nuestra sensibilidad y un largo etcétera. Al no dejar que estas partes de nosotros se manifiesten por considerarlas peligrosas o inadecuadas dejamos de estar íntegros, ya que nos faltan partes de nuestro ser. En terapia lo que se hace es recuperarlas y darles una visión más positiva, ver el poder que ocultan y como gracias a ellas podemos sentirnos más fuertes, más nosotros.

Antes de terminar me gustaría que supieras que por más que seas una persona adulta que ha hecho lo posible por estar sana mentalmente, cuando explotas en esas cenas familiares, cuando hablas con ellos con una voz más aguda de lo normal, cuando bufas y, en un caso extremo, gritas como si hubieras tenido una regresión a la infancia, es porque la familia de alguna forma te conecta con esas partes de ti negadas ¡y otra parte de ti les tiene ganas! Solo con un trabajo desde la consciencia y el amor, pasando por el dolor y el miedo que eso conlleva, podremos tener unas Navidades realmente en paz, aunque esa paz sea solo en nuestro interior (que ya me parece mucho y suficiente).

Raquel Rús – www.raquelrus.esraquelrus@hekay.es
Profesora certificada de Eneagrama y EFT.
Especialista en Psicología energética y Gestión emocional.


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