Muérete de una vez



Odiar está mal. Sentir ira está mal. Estar tristes molesta a otros. Sentir miedo nos hace menos. Tener ansiedad indica que no somos suficiente. Desear la muerte de alguien indica claramente que eres una mala persona. Ocúltalo, niégalo fuera y dentro, pero sigue sintiéndolo porque, por más que quieras, ese deseo no se va a ir si no lo atiendes.

A veces deseo que alguien se muera. De hecho, hace un rato estaba justo pensando en ello. En cómo me facilitaría la vida que alguien muy concreto se fuera de este mundo. Podía haberme sentido mala gente por ello, pero con el tiempo he aprendido que es mejor tratar de comprender que juzgar. Así que he intentado comprender, me he callado y me he escuchado y la respuesta ha venido sola. Sencilla y nítida. Deseo esa muerte para no tener que afrontar lo que siento, la deseo porque ese dolor lo presupongo menor que el actual, porque de alguna forma me daría una posibilidad de cierre. Cuando alguien muere ya no tienes que tener esperanza. En teoría, ya no hay más. De alguna forma da un fin que nuestro ser necesita para estar en paz. En cambio, cuando el otro está vivo, con él lo está la herida que tenemos y no queremos afrontar. Asumo la verdad de ello. Soy humana. No me apetece sentir ese dolor, ese abandono, esa tristeza… Por otra parte, soy plenamente consciente de que pasar todo eso por mi cuerpo es lo que toca. De manera que lo voy haciendo con calma. Es un duelo más.

Estamos acostumbrados a la idea de que hay que hacer un duelo cuando alguien muere, cuando nos echan de un trabajo o una relación de pareja se rompe. Lo que nos cuestan más son los duelos a las creencias, a las ideas, a nuestras ilusiones, a lo que deseamos y nunca será. Esos por ser más intangibles quizás nos cueste más verlos y aceptarlos. Ese duelo a la persona que fuimos y ya no seremos más. Ese duelo a la madre y el padre que no tendremos. Ese duelo a lo que creímos correcto y se descubre insano. Ese duelo a las ideas que nos inculcaron y descubrimos que nos dañan y constriñen y, con todo, nos cuesta soltar por nuestro deseo de ser fieles a la familia, por la necesidad animal de pertenecer para sobrevivir.

Asumo que ese deseo de que alguien muera es algo desesperado, que me coloca en el papel de víctima, que me quita poder. Es el resultado de sentirnos impotentes, cansados de remar contracorriente, es el resultado de la no aceptación propia y ajena. Aceptación. Hay mucho en este proceso.

Nos han enseñado que hay que luchar. Hay que ganarse el pan, sobrevivir, competir… Lo tenemos tan integrado que aceptar casi nos parece de vagos, de flojos. Y es que, lo vemos como un abandono. Cuando la realidad es que aceptar lo que hay implica mucho trabajo, lo que pasa es que es interno. Es saber que esto es lo que hay y que lo único que puedo cambiar es a mí. Jode, da pereza y duele, todo a la vez.

Quitar la mirada del otro y volverla hacia nosotros incomoda. Nos confronta con nuestra vulnerabilidad, con nuestra falta de auto amor, con lo que necesitamos y no nos permitimos aceptar. Sobre todo, creo que nos hace mirar de frente nuestra incapacidad para poner límites. Eso supone darte importancia, ponerte por delante, amarte. Y, seamos honestos, no nos han enseñado a hacer nada de eso. De hecho, nos han educado para pensar que eso es ser soberbios, egocéntricos, egoístas, mala gente, prepotente, chula… Lo que nos queda por desaprender.

Por eso deseamos la muerte de nuestra madre, de nuestra pareja, de nuestro jefe, de nuestro hermano, de nuestro padre, de la abuela, del presidente, del médico, del profesor, de quien sea. Para no tener que plantarnos y asumir que somos importantes, para no hacer cambios que duelen, para no reinventarnos, para no vernos.

Supongo que son tiempos nuevos. En ellos es bueno aceptar que deseamos la muerte del otro, por qué no. Aceptar nuestra ira, nuestra tristeza, nuestro dolor, nuestro victimismo, nuestro poder, nuestra capacidad, nuestra genialidad. Nada de ello es sencillo. Implica aceptar que somos humanos y que la vida detesta lo estancado, que nos empuja a movernos, a descubrirnos, que nos atraviesa con emociones que nos hacen sentir vulnerables, que nos obliga, en definitiva, a vivir. Acepta lo que sientes e intenta ir un paso más allá, más adentro. Escúchate y asume lo que venga por incómodo que sea. Porque en las emociones hay información sobre nuestro yo más profundo. Hay oportunidades a cada paso, hay vida. Frente a todo ese deseo de muerte, honestamente siento que hay mucho deseo de vida y que hemos de escucharlo, sentirlo y permitirlo. Y sí, la vida es cansada, puede dar pereza y duele. Y sí, al mismo tiempo, es conexión, es fuerza y es expresión de nuestro ser. No podemos negar ni lo uno ni lo otro. Lo que creo que sería bueno hacer es escucharlo y darle la importancia que merece, porque no deja de ser un grito de nuestro interior para desplegarse y ser.

Si tienes el puño cerrado veinte horas, un día entero, un mes cuando lo abras dolerá. Desearás no hacerlo, temerás hacerlo, te resistirás y quizás desees la muerte de aquel que te está moviendo para que lo hagas. Es normal. Pero si eres capaz de aceptarlo, de escuchar a tu ser pidiéndote que lo hagas, de abrirlo poco a poco, podrás recoger todo lo que haya para ti y habrá valido todo lo que hayas pasado antes.

Raquel Rús
www.raquelrus.es
Profesora certificada de Eneagrama y EFT. Especialista en Psicología energética y Gestión emocional.
raquelrus@hekay.es


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