Los Sadhus de la India



El fenómeno del sadhuísmo siempre me ha fascinado. Ha Tenido lugar desde los tiempos más remotos en la India y es básicamente un fenómeno indio, que de algún modo se extendió a Nepal. Sadhu es un término que viene de la misma raíz que sadhana y sadhaka, es decir, práctica espiritual, y el que sigue dicha práctica. Se considera que el sadhu es una persona piadosa y que se desvincula familiar, social y culturalmente para romper todas las ataduras y convertirse en un buscador de lo Incondicionado.

Hay más de tres millones de sadhus y, aunque muchos de ellos son simples vagos, diletantes, mendigos o incluso algunos delincuentes, los sadhus representan la quintaesencia de la espiritualidad india, y los hay portadores de una gran sabiduría, y forman parte del conocimiento iniciático de la India. 

Hay muchas sectas dentro del movimiento sadhuísta y sadhus de las más diversas clases y tendencias, desde los que se aíslan en bosques, cuevas o ermitas hasta los que son errantes y sin permanecer más de tres días en la misma ciudad o los que se establecen en una ciudad santa. El sadhuísmo siempre ha sido un movimiento de “contra-sociedad” y los sadhus, en última instancia, siguen sus propias leyes y su personal senda hacia los adentros. Muchos se muestran desaliñados, sucios y desgreñados, mientras que otros son de una inmaculada pulcritud. 

Hay sadhus de todas las edades y muchas personas se hacen monjes o renunciantes o sadhus cuando ya han dejado bien establecida la familia y con edad avanzada, en tanto que otros lo son desde niños. Buena parte de ellos consumen hachís y otras sustancias afines, pero otra buena parte son por completo ajenos a todo consumo en tal dirección. En los grandes festivales se reúnen decenas de miles de ellos, parte de los cuales proceden de sus retiros himalayos.

El sadhuísmo, a pesar del número enorme de sadhus que no merecen ser tenidos como tales, es un fenómeno único en el mundo y que aboga por la libertad interior, la independencia mental y emocional, la ausencia de necesidades; son los grandes ácratas sin acrimonia, la regla más allá de la regla y el signo más allá del signo, constelando la búsqueda de lo Sublime y apartándose de lo material. 

Siempre he sido un apasionado de los sadhus, porque son como un canto de libertad al margen de una sociedad totalmente materializada e hiptonizada, donde más se invita a establecerse en la consciencia de lechuga que en una consciencia evolucionada y de orden superior. Para no rendir tributo de ningún tipo a una sociedad tal, también floreció, mucho más cerca de nosotros, es el movimiento de la anacoresis y no fueron pocos los que se convirtieron en anacoretas, negándose a pagar el lacerante diezmo que les exigía una sociedad profana y materializada. También los místicos han formado parte de esa “contra sociedad”, por decirlo así, que se niega a entrar en la arrolladora corriente del impulso borreguil. Por eso el místico siempre ha sido perseguido, porque él es un verdadero revolucionario en su interior y nadie puede contaminar ni condicionar su mente. 

Cuando yo fui a la India la primera vez, se dice que había casi ocho millones de sadhus, en tanto que ahora, según me dijo ya hace años el secretario general de la mas destacada “organización” de sadhus, sólo había más de dos millones. Esta sociedad se empeña, desde su mediocridad y ceguera, en uniformarlo todo, pero ojalá que el sadhuísmo nunca muera y siga siendo un canto y un testimonio inspirador de la libertad más preciada: la interior. Mucho sobre ello he hablado con sadhus de muy diferentes tendencias y también lo hice a fondo con Babaji Sibananda de Benarés, que veía muchos falsos sadhus como simples payasos, pero que apreciaba sobre todo a aquellos que eran verdaderos yoguis, no se exhibían en público, se dedicaban al trabajo interior y no anhelaban ningún tipo de poder o notoriedad. Nadie puede, empero, juzgar a un sadhu, porque como también me insistió Babaji su forma de vida es muy especial y nunca podrá comprenderla quien no sea sadhu. 

El sadhu emprende el camino de la renuncia. La renuncia del ego, la imagen y la autoimagen, lo sensorial y social; la renuncia de hacer para ser, de ansiar para establecerse en su espacio de quietud. Es una senda que invita a desligarse de todo para ligarse con el propio Sí-mismo. 

Ramiro Calle
www.ramirocalle.com

Si te ha gustado este contenido, compártelo…
Share on Facebook
Facebook
26Tweet about this on Twitter
Twitter
0Share on LinkedIn
Linkedin
Share on Google+
Google+
0Email this to someone
email