Los humanos no somos robots (por más que algunos padres insistan en lo contrario)



Tenemos una tendencia a simplificar. Decimos y escuchamos cosas como que la vida es “nacer, crecer, reproducirse y morir”; que una persona no puede tener una depresión porque tiene “un buen trabajo, una pareja que le quiere, casa y coche” o que “en cuanto consiga esto o aquello seré feliz”.

Hay que comprender que simplificamos para comprender mejor la realidad, para darle una estructura y para conseguir sentirnos seguros.

Sin embargo, es importante estar abiertos y ser conscientes de que la simplificación no es la realidad. Cuando hablamos de seres humanos, cuya dimensión todavía no llegamos a conocer, este proceso suele ser bastante dañino ya que fuera se queda precisamente lo que nos hace humanos.

Somos seres sociales y emocionales, algo que no me cansaré de repetir. Entender eso y actuar en consecuencia hace que de pronto comprendamos muchos eventos de nuestra vida, que nos permitamos más ser nosotros y dejemos de intentar encajar en ciertos moldes demasiado “simplificados” como para sentirnos cómodos dentro.

El otro día escuché una frase que no deja de sorprenderme, darme rabia y entristecerme: “Hija, has tenido un techo, comida, una educación y ropa, ¿qué más querías?”. ¿Alguna vez te han dicho eso, lo has dicho tú o lo has pensado? No es tan poco frecuente, si te paras a pensarlo.

Hace muchos años se hizo una división importante, el cuerpo fue para la ciencia y el alma para la religión. Todo lo considerado emocional daba miedo y se bloqueó, se consideró poco serio, nada racional, había que evitar todo eso para que no fuéramos tan impredecibles, algo que da mucha inseguridad. Lo que pasa es que somos así, somos emocionales, y como tales tenemos muchas más necesidades de las que nos han dejado admitir.

Hacemos a los niños cosas que jamás permitiríamos hacer a un adulto. Les negamos su derecho a enfadarse y estar tristes (“no llores que te pones muy feo”), su derecho a saber quiénes son y de dónde vienen (como cuando no les contamos historias familiares porque “de eso no se habla” o directamente les negamos la posibilidad de saber quiénes son sus padres), su derecho a ser tratados con respeto (“deja de decir idioteces”, “no comprendes nada”), su derecho a elegir (“tienes que dejar tus juguetes, no seas egoísta, si no lo haces nadie te va a querer”), su derecho a equivocarse (“ves, yo tenía razón, si me hicieras caso siempre” o “haz como tu hermano, que nunca se equivoca”), etc.

Todo eso lo hacemos de manera demasiado habitual y sin darnos cuenta, porque hemos simplificado sus/ nuestras necesidades. Es importante tomar consciencia y cambiar las cosas. Porque esos pequeños crecen y se convierten en adultos que no saben que escucharse es importante, que son emocionales y no deben juzgarse por eso, que atenderse a sí mismos no es ser egoístas o que si tuvieron comida, ropa y educación y, con todo, sienten que les faltó mucho tiene sentido.

Muchos padres usan ese argumento como forma de defensa y es lo normal. Hace meses leí que no fue hasta finales del siglo XIX que se llevó un caso de maltrato extremo de una niña a los tribunales y hubo que hacerlo tratándola como a un animal de granja (que en ese momento tenían más derechos que los menores). Recordemos que hasta mediados del siglo XVIII ni se plantearon que los niños pudieran tener derechos. 

Era habitual que los niños trabajaran desde los seis años y que fueran literalmente propiedad de los padres (que podían hacer lo que quisieran con ellos sin ninguna consecuencia penal). Por tanto, por más que duela, si alguien dice que un niño con ropa, comida, techo y educación debería de estar agradecido tiene su parte de razón (más sabiendo que muchos siguen sin tenerlo).

Lo que pasa es que si estamos como estamos es precisamente porque negamos lo que somos y lo que necesitamos. Nos hemos “robotizado” de alguna manera, hemos negado por miedo y desconocimiento lo más importante y potente que tenemos. 

Somos seres emocionales y sociales, necesitamos (incluso muchas veces por encima de la comida, el techo, la ropa y la educación) conectar con nuestros seres queridos, ser respetados, ser admitidos, sentir que pertenecemos, descansar física y mentalmente, sentirnos seguros y protegidos en nuestro hogar, que haya unas normas morales y nuestros cuidadores sean predecibles, que nos aprecien por lo que somos (no por nuestra apariencia o por lo que hacemos), poder relacionarnos con otros seres humanos fuera de nuestra familia, que nos ayuden a aceptarnos a nosotros mismos, ser escuchados, que nos enseñen a tolerar la frustración, que nos animen a conseguir nuestras metas, desarrollar nuestro potencial y ofrecerlo al mundo. Y mucho más, precisamente porque somos humanos.

Negarlo como padres es una falta de humildad, respeto y amor. Negarlo como hijos es el resultado de una fidelidad familiar dañina que no nos deja avanzar. Aceptarlo, tanto padres como hijos, es necesario para todos.

Somos una especie rara, eso hay que reconocerlo. Somos animales sociales y emocionales, aceptarlo nos da una base real y firme sobre la que construir un mundo mejor para todos. 

Conocernos nos ayuda a respetarnos y a respetar a los demás. Somos mucho más, algo que solo descubriremos si empezamos a darnos espacios para mirar dentro con una mente y un corazón abiertos.

Raquel Rús – www.raquelrus.es
Profesora certificada de Eneagrama y EFT. Especialista en Psicología energética y Gestión emocional.
raquelrus@hekay.es


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