Filosofía y Mística, Una experiencia vivificadora de la muerte



Todas las mañanas se levantaba temprano, apenas despuntaba el sol en el horizonte se dirigía hacia la ventana de su dormitorio y se dejaba calentar por los primeros rayos de luz diurna. En sus ojos refulgía una llama, el fuego de unas preguntas que, recordaba, rondaban su vida desde su niñez: ¿Qué es la muerte?¿Por qué tengo que morir?

Unas interrogaciones existenciales que martilleaban en su cabeza y que provocaban momentos de profunda melancolía. La posibilidad de encontrar respuestas había espoleado una búsqueda incesante de indicios a través de decenas de cursos, seminarios, conferencias, talleres….ninguno había acercado, siquiera un poco, un modelo explicativo, algo que permitiera decir: ¡Claro, todo tiene sentido ahora!.

Es cierto, se decía siempre que pensaba en ello, que tenía la sensación de estar cerca, pero se le escapa entre los dedos y sentía la urgencia de la necesidad, no podía esperar un  minuto más, la angustia de este horizonte vital le consumía.

Eso pasaba por su cabeza en ese nuevo amanecer. Nada le hacía sospechar que ese día fuera diferente a cualquier otro. Entró en el baño y se miró al espejo, lo que veía era más de lo mismo, un reflejo rutinario, y de nuevo, sin previo aviso, esa presencia absolutamente colonizadora que vaciaba su pecho de esperanza, una Nada totalizadora, lo inundó de lleno.

¿Y si esa Nada fuera Todo? Se preguntó ¿Y si las respuestas que tanto había buscado se sintetizaran en eso, en Nada, profunda y terrible ausencia de Todo?

Había leído en alguna parte que la Nada era un canal de eternidad, la no presencia de límites, de creencias anémicas, que disponían tu cuerpo y tu espíritu para avanzar hacia una multiplicidad de universos, de mundos.

Pero (siempre hay un pero, piensa mientras sonríe a su imagen en el espejo)¿cómo tener seguridad?¿cómo asumir estos planteamientos como certeza? Al final morimos ¿no? Y ¿quién volvió para decirnos qué hay después? Y lo más importante ¿por qué morir?

Lo único seguro es que siento este vacío todas las mañanas, mi psicólogo dice que es depresión pero yo no lo creo, es más, no entiendo cómo podemos esconder esta pregunta, recuerdo ahora las palabras de Miguel de Unamuno en su obra El sentimiento trágico de la vida, decía algo así como que no entendía que hubiera personas que no se preguntaran por la inmortalidad de su alma, que no se preocuparan por vivir más allá de la muerte.

 Yo, realmente, no sé si me inquieta la vida después de la muerte, ya he leído a Raymond Moody y a Elisabeth Kübler- Ross, y más o menos me han dado una idea de lo que sucede, o de lo que probablemente sucederá al morir, pero la realidad es que eso no me ayuda, la Nada sigue ahí, dominando todos mis espacios y no termino de creer lo que otros dicen sobre la muerte. Proceso físico, proceso espiritual, mental…da igual, necesito ver, experimentar para comprender, para integrar.

Está claro que no soy una persona de fe, no es fácil convencerme de algo. Una vez estuve en un curso sobre budismo; aquello me fascinó, me deslumbró la facilidad con la que se hablaba de renunciar, de des-apegarse de las cosas, y lo intenté, con todas mis fuerzas, renuncié y renuncié, una y otra vez, sin embargo, siempre volvía a dudar, la meditación me transportaba a situaciones que no podía sujetar, ni aferrar.

La filosofía oriental ha sido un consuelo para mí en los peores momentos de mi melancolía. Pero necesito más, ¿por qué morir?¿por qué? decía Montaigne que la muerte era natural, necesaria y que nada era más ajeno a la muerte que la vejez, morir de viejo es contra natura….¿y si no es así? ¿y si morimos lentamente, cada día? eso nos dicen nuestros científicos ¿no?. Llegados a este punto ¡mírate! ¿no será mejor pensar con Heidegger que desde que nacemos estamos maduros para morir? 

Esta pregunta me lleva siempre a la angustia de la finitud, de sentir cerca de mí la muerte, como la sombra anodina del mediodía, no sabes dónde está. ¿Por qué te la haces siempre?

¿Por qué someterte a esta tortura?

No sé, hay algo dentro de mí que me incita a preguntar, una especie de demiurgo socrático que no me abandona, que no renuncia a la interrogación, con lo fácil que sería escapar, esconderme en la rutina.

Esa mañana iba a ser diferente. Cuando abandonó su imagen en el espejo, ésta no se movió, se quedó fija, como un fotograma en la pantalla de un televisor. Una tensión desconocida invadió todo su cuerpo, un espasmo, un escalofrío, la sensación de no estar allí pero seguir presente.

Sus ojos no focalizaban, miraban en derredor alimentándose con voracidad de cada detalle. Nunca antes había tenido esta experiencia. Se sabía pertenencia de un conjunto, de un Todo conectado a través de las diferencias que encontraba en cada objeto que rodeaban su cuerpo y su memoria.

En ese momento supo que lo que percibía era la ausencia de tiempo, el tiempo como factor limitante de la existencia, un tiempo para nacer y morir.

Se sentía en un estado perfecto de duración. Por fin, se sentía sin principio ni final.

La experiencia relatada es lo que conocemos como experiencia mística. La ausencia de un límite que condicione la percepción de los fenómenos ( el tiempo) nos coloca de golpe en una situación de privilegio, entender que detrás de la fractura, de la segmentación escatológica de nuestra vida en segundos, minutos, horas, días…en principios y finales, se encuentra la ficción de un Yo que evoluciona hacia una plenitud.

Esta es la trampa que mueve al pensamiento occidental desde la aparición de la sentencia cartesiana, Cogito ergo sum, la máscara de un EGO que divide nuestro día a día en parámetros temporales que anticipan la muerte de la relación de la persona con el mundo.

En la historia anterior se produce una disociación de ese YO; la imagen  queda atrapada en  el espejo, en el marco de una realidad reflejada, en un escenario de permanente duración. Este concepto de duración es de raíz oriental, presente en las sentencias del I CHING, condensadas de manera magistral en la obra de Bergson Memoria y Vida. Imaginemos un instante sin inicio, sin fin, a la manera de Nietzsche, un eterno mediodía, ¿cómo puede ayudarnos a vivificar la experiencia de la muerte propia? Asumiendo la responsabilidad sobre las decisiones que diseñan nuestra vida. En NAAN definimos un horizonte de interpretación, porque si comprendemos la existencia en crecimiento paralelo a nuestra finitud, entonces, cada elección exige un compromiso inextinguible con lo que somos.

Aquí es donde la Filosofía puede ayudarnos a entender e integrar el despliegue del tiempo. Pensadores que hayan trabajado sobre este escenario vivencial ha habido y hay muchos. Cada uno encontrará fundamentos que aplicar a su vida en diferentes modelos filosóficos. Habrá quien se sienta identificado con la filosofía budista o con la experiencia del Tao, otros acudirán por esquema mental a la filosofía existencialista y se deleitarán con Sartre o Camus, puede que nos guste mantener el control y se identifiquen con el idealismo alemán o su versión dialéctica propia del materialismo.

En el trabajo que desarrollamos en nuestras consultas y en los grupos de  desarrollo personal, enfatizamos el poder creador de la Nada, entendida como espacio ignoto, como posibilidad creadora, decisión que abre una ventana de posibilidad, una tabla rasa en  la que imprimir múltiples sentidos. Partimos de la premisa de Aristóteles de que nuestra naturaleza es teleológica, es decir, llevamos dentro de nosotros lo que podemos ser. Y ese llegar a ser es nuestra Nada, repito, entendido como aquello que está por desvelar, que permanece oculto a nuestra mirada cercana y por supuesto, a la mirada que sesga. Lo numinoso, lo que está por descubrir. Solo en la asunción del conjunto creamos.

A partir de esta premisa concursamos en la problemática existencial con la herramienta propia de la Filosofía occidental: la pregunta. Como le ha sucedido al personaje de nuestra historia, la pregunta le ha posicionado ante un límite trascendental y lo ha transgredido. La transgresión le ha supuesto la disociación de la determinación, de su YO y le ha incorporado a la duración de la acción y a la posibilidad de la plenitud.

Este momento es constitutivo de la experiencia de la mística. En las tradiciones religiosas de todo el mundo encontramos ejemplos de ello, desde los místicos cristianos hasta la visión de la unidad sufí, pasando por ruptura de la frontera cognitiva del budismo.

La mística no puede ser definida exclusivamente en términos de entrega a-, sino como dominio de la paradoja, lugar de recreación de posibles existenciales, un interludio entre lo que soy y lo que seré.

Esta posición es la propedéutica del saber vivir, y vivir una vida plena implica asombrarse con el mundo, preguntar y examinar. Reclamar el uso de la metáfora que no reconoce límites para renacer en espacios convergentes no agotados por la linealidad del consumo y la explotación del ser humano, pero, especialmente, es la inserción real de nuestra vida en un aprender a morir cada día.

Centro Naan
nataliayangelsanacion@gmail.com


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