El monje



Sentado en el piso de tierra, contemplaba la labor pesada de las hormigas. Se sentía pleno durmiendo sobre la pequeña montaña de paja, disfrutando de una sola comida frugal diaria, observando a través de los huecos de las varas que hacían las veces de paredes, el amplio y fangoso Ganges, y las puntas nevadas de la imponente cordillera del Himalaya que emergía de la tierra y se fundía en el cielo violeta.

Todo era coherente en aquel paraje silencioso. Al principio había temido el frío nocturno, pero la hoguera le había demostrado que su eficacia no sólo se limitaba a usos rituales, ya que la crepitación de las ramitas y el crujir de las hojas secas lo confortaban y relajaban al punto de que cesaba de sentir su cuerpo.

Claro que a veces todavía necesitaba la piel animal que le hacía de manta, pero, en general, el fuego le bastaba, y le parecía increíble que él, que tantas veces se había quejado de la falta de calefacción en su casa de Nueva Zelanda, estuviera ahora perfectamente a gusto.

Se daba cuenta de que, en verdad, el frío imposible de mitigar que tantas veces le había hecho castañetear los dientes había sido interior. Cuando llovía, las cosas empeoraban algo, pero ese contacto piel a piel con la voracidad de la naturaleza, esa experimentación directa y sensorial de la magnificencia divina, lo fascinaba, y no dudaba en extender los brazos y echar la cabeza atrás para recibir las gotas pesadas, aunque cada tanto los relámpagos lo enceguecieran, y algún trueno lo hiciera saltar de sorpresa.

La nieve era otra historia, pero no duraba demasiado y de cualquier modo tenía la suerte de contar con un plástico para cubrir su choza, una pala con la cual desenterrarse, y el sol matutino que disipaba la humedad y se levantaba en el este, rebosante de poder purificador de demonios.

Anónimo.


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