¿Y que culpa tengo yo?



No hay un sólo día en el que, en algún momento de alguna situación, no frunzamos el ceño y le preguntemos al universo, sin un ápice de comprensión, qué hemos hecho nosotros para merecernos X.

Y como ya dice Enric Corbera, el universo contesta: -Pues todo, queríd@ mí@, absolutamente TODO.

Claro, en ese momento, nuestra cara de incomprensión se tensiona de tal manera, que si nos enchufaran un cable podríamos iluminar media Nueva York. Y no es para menos, porque que te digan que eres el único responsable de lo que te ocurre, es, como mínimo, cuestionable. ¿Cómo voy a querer yo verme en semejante situación (elíjase según preferencia) de enfermedad, pobreza, maltrato, abuso, injusticia, pérdida, ansiedad, mediocridad, paro, aburrimiento, etc., etc., etc.?

Y la respuesta es: Pues sí, quieres.

Y de nuevo, ¿pero cómo voy a ser yo el responsable de todo eso? ¿pero tú has visto el mundo que me ha tocado vivir? Todo está en crisis; la política es un desastre; mis padres no me quisieron/no lo hicieron bien; con la pareja que tengo…; me han despedido del trabajo; la corrupción se ha llevado mi dinero; mis hijos no me dejan tiempo para nada; si yo lo intento, pero es que no sale nada… ¿qué culpa tengo yo?

Y otra vez: Pues toda, querid@, aunque no la culpa, sino la responsabilidad.

¿Pero y cómo va a ser?

Pues es. Veamos. Cuando aprobamos un examen con un 9 (sin copiar, evidentemente), entendemos que, a) el profesor ha puesto un examen fácil; b) nos hemos matado a estudiar, ergo, saco buena nota porque, aparte de que la suerte puede o no haber estado de mi lado, yo he hecho mi parte estudiando. Y ahí que nadie nos discuta quién es el responsable de semejante logro. Soy YO.

Sin embargo, las cosas no queremos verlas tan claras cuando no nos vienen tan bien dadas. Si estoy en una relación de pareja en la que me aburro mortalmente, y tengo a un cojín extra del sofá por pareja, podemos pensar fácilmente: me aburro porque mi pareja es tan interesante como un bicho palo y más pasiva y sosa que un perezoso. ¿No? ¿Qué culpa tengo yo de que él/ella sea así?

Pues culpa de que sea así no tienes, pero lo que sí tienes es la responsabilidad de lo que elijes, y más aún de lo que elijas tras darte cuenta.

Como dijo Maya Angelou, Si no te gusta algo, cámbialo. Si no puedes cambiarlo, cambia tu actitud.

Así que en vez de preguntar qué culpa tengo yo, sería mucho más productivo preguntarnos: de qué manera estoy contribuyendo yo para que esta situación se mantenga. Y acto seguido pensar: ¿y qué puedo hacer yo para cambiar esto? Las personas somos fans incondicionales de los porqués: Por qué yo, por qué a mí, por qué ahora, por qué con él/ella, por qué así, por qué aquí, por qué. Y está muy bien todo este trabajo de campo detectivesco, ya que nos puede proporcionar mucha información, pero sólo del exterior. El por qué lleva rectamente a mirar y buscar la solución fuera, sin embargo, en nuestro ardiente trabajo de campo nos olvidamos sistemáticamente de la otra mitad, la hermana fea e incómoda de los motivos: el para qué. Para qué yo, para qué a mí, para qué ahora, para qué con él/ella, para qué así, para qué aquí. Y en éste para qué es en el que podemos encontrar la respuesta que nos da información realmente útil, porque esta simple pregunta nos cambia la perspectiva y nos hace mirar hacia nosotros, poniéndonos frente al aprendizaje que necesitamos incorporar a través de esa situación.

No está de más decir, que la susodicha situación externa, es un escenario asombrosamente complicado y maquiavélico, que nos hemos buscado (generalmente de forma inconsciente) para que veamos o aprendamos algo. Somos nosotros los que a través del típico despiste, de la típica “casualidad”, nos situamos en el lugar y en el momento oportuno para vivir justo aquello que necesitamos. Es duro aceptarlo, lo sé.

Pero, ¿Para qué?

Para aprenderlo de una vez por todas y no volver a tropezar con la misma piedra, que generalmente es una piedra interna nuestra, como por ejemplo, la piedra con la que, normalmente, califico duramente lo que percibo, la piedra con la que no nos respetamos y permitimos de más, la piedra con la que no nos escuchamos pero sí escuchamos al otro porque creemos que es/sabe más que nosotros, la piedra que nos lanzamos a nosotr@s mism@s porque creemos que no valemos ni para hacer la O con un canuto, la piedra que, al fin y al cabo, nos muestra una conducta nuestra que nos impide ser felices, fieles y leales a nosotr@s mism@s sin sentirnos mal por ello.

Sin embargo, es más fácil decir que es el otro el que me tira las piedras, que asumir que soy yo quien me hago la zancadilla y me pongo el menhir en el camino justo en el punto y lugar idóneo para que no pueda evitar verlo y sentirlo. Porque si acepto esto, igual tengo que vérmelas con una característica mía que no estoy dispuest@ a aceptar que está en mí, ya sea porque me resulta difícil, amenazante, ofensiva o poco atractiva, como explica Núvia Sequera. Así que si se la pongo al otro, todo es mucho más sencillo de manejar. Se pasa la patata caliente, y todos respiramos más tranquilos. El problema viene cuando todos hacemos lo mismo y nadie quiere hacerse cargo de sus patatas calientes. Entonces los generadores de los problemas siempre están fuera, y por tanto el poder de solucionarlos también está en manos de otros. Y así es como acabamos desquiciados, sintiendo que la vida es una injusticia infinita y soltando perlas del estilo ¡Es todo culpa suya! Yo no le puedo hacer nada; no es cosa mía; el/la otr@ es X, y toda ristra de frases en las que yo no tengo la culpa porque la tiene el otro, por tanto el otro es el que tiene la solución a mi problema, y de esa manera es como le entrego el poder sobre mi vida hasta que me responsabilice y me haga cargo de mi contribución y entonces, y sólo entonces, habré recuperado mi poder, y toda clase de calificativos hacia el otro, que son los calificativos que no me atrevo a decirme a mí mism@ directamente.

Y mirándolo así es como se comprende que la pareja que elegimos no es casualidad del destino. La elegimos porque nos complementa en nuestros rasgos de personalidad, lo cual nos es un espejo estupendo para ver y aprender sobre nosotros mismos. Cuando tenemos una enfermedad, nos estamos diciendo a través del cuerpo que escuchemos algo que nos estamos negando a oír, y si no fuera porque nos duele algo o nos molesta, seguiríamos pasando del tema como de comer mocos. Y aun así, a día de hoy seguimos prefiriendo matar al mensajero (síntoma) y seguir ignorando aquello tan importante a lo que le estamos girando la cara y que muy probablemente tenga la solución perfecta para salvarnos la vida, en caso de enfermedades gordas, o que tenga la solución perfecta para pillar el mensaje y que el síntoma desaparezca muchísimo más rápido, ya que una vez entregado el mensaje el síntoma ya no tiene razón para mantenerse. Así mismo, nos ponemos en situaciones difíciles para hacernos conscientes de qué forma, poco favorecedora, nos comportamos o qué recursos estupendos tenemos esperando a que estemos dispuestos a correr el velo del miedo y los descubramos.

Bueno, lo cierto y verdad es que la raza humana ha optado por la vía fácil y se ha viciado con no querer mirarse. Sin embargo este mecanismo tiene su parte biopositiva, como se dice en Gestalt. Es mucho más fácil y rápido identificar y reconocer las características X fuera de mí, que en mí, porque estoy demasiado cerca de mi mism@, y a veces mis emociones no me permiten discernir con claridad. Por tanto, verlo en el otro, es una forma rápida de reconocer y obtener información sobre mí. El problema viene cuando no hago la parte 2 del trabajo, que es: “Ah, esto lo había puesto en el otro, pero en realidad soy yo. Vaya, qué interesante”. Cuando yo me confundo con el otro, y no me reconozco en esa información que le pongo a él/ella, lo culpo. Simple y llanamente. ¿Y para qué elijo no hacer esta segunda parte de autorreconocimiento? Para evitar el trabajo de responsabilizarme de algo que no acepto en mí, para evitar sentirme insegur@ (de mi valía, mis capacidades, mi saber hacer,…), y por ello es que la mayoría de las personas que echan balones fuera y su vida está llena de culpables ajenos a ellas son muy muy controladoras. La inseguridad hay que tenerla controlada, maniatada y amordazada. El gran miedo que me lleva a no querer ver mi parte es el temor al castigo que pueda recibir si acepto que yo soy/tengo/me comporto a, b o c, porque en mí hay una constante sensación de que “aceptar esto implica daño”. Así que mejor fuera que dentro. Aunque el coste sea mucho más elevado que lo que promete el temor, ya que vendo, entrego y regalo mi capacidad para ordenar(me) y re-crear(me), que es el mayor y más legítimo tesoro que poseemos: Nuestra capacidad de transformar nuestra vida y a nosotros mism@s.

Así que el mensaje de la culpa es:

Desempeña un papel activo en el diseño de tu vida, ya que tanto la acción como la pasividad van a generar impacto. Atrévete a mirarte, a aceptar tu decisiva implicación en todo ámbito de tu vida, y recupera tu poder para gestionarla y solventarla.

Armonía Hita Garrido
Terapeuta Gestalt de parejas
Facilitadora de PSYCH-K®
Descodificación Biológica Original.
www.armoniahita.com
info@armoniahita.com – 622.30.93.35

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2 Comments

  1. Armonía Hita

    En el trasfondo de la persona se oculta una lucha entre lo que le dicen sus reglas internas que debería hacer y lo que la persona desea hacer. Es el sentimiento de incumplir la norma establecida, la dicotomía entre deber y querer, lo que considero bien o mal, lo que genera esa culpa.

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