¿Vale el trabajo lo que cuesta?



¿Valoramos la profesionalidad?

Siempre recordaré aquella situación en la que viajaba con mi padre, en un coche nuevo y, de repente, el motor se paró, la inercia nos llevó al arcén y esperamos a que llegara la grúa. Nos llevó a un taller del pueblo más cercano y cuándo el mecánico tuvo unos minutos, levantó el capó, miró, desenroscó una tuerca sopló, la volvió a colocar e intentó arrancarlo, el coche arrancó. Mi padre le preguntó que cuánto le debía y el mecánico contestó: 200€.

Mi padre asombrado, le preguntó: ¿200€ por soplar? Y el mecánico le contestó: no señor, por soplar no, ¡por saber dónde soplar!

Salimos de allí con el convencimiento y la seguridad de lo que suponía ser un profesional, y como una enseñanza más a incluir en nuestro registro de sabiduría, ese que elaboramos a lo largo de nuestra vida y que permite que discernamos.

Desde ese momento, entendí lo que pagamos por un trabajo bien hecho y porqué lo pagamos. Y comprendí el valor del dinero y lo que se puede comprar con él. Una de las formas de pagar el conocimiento es con dinero, y se necesita conocimiento y experiencia para todo, aquel mecánico, posiblemente, había dedicado años de su vida a perfeccionarse y a ser capaz de ofrecer lo que se esperaba de él. No siempre es suficiente con la formación, el desempeño del trabajo debe apasionar, eso será la garantía de un resultado excelente.

Todos podemos ver la diferencia entre la persona erudita y el mero aficionado, todos distinguimos entre los profesionales que saben pero no trasmiten y aquellos apasionados por lo que hacen, que son capaces de comunicar más allá de lo requerido, aquellos que aman lo que hacen y lo hacen sin la presunción de saberlo todo, al contrario, con la disposición del constante alumno, del constante aprendiz.

Por eso es muy importante saber lo que se tiene entre manos, alguna vez escuché, y no sé de quién es, que si controlas un tema, rodéate de personas que también lo controlan y que si no lo controlas, con más razón todavía, debes rodearte de profesionales que saben lo que hacen y cómo lo hacen, de esa manera aprenderás y crecerás, aquellos que creen saberlo todo, suelen estar abocados al fracaso.

El equipo es fundamental, y debe ser, igualmente, profesional, de nada sirve rodearte de “voluntarios” con buena fe y pasión, pero sin idea clara de la envergadura del objetivo del equipo, voluntarios a los que resulta muy fácil culpar si el objetivo fracasara. Se necesita de profesionales comprometidos y conocedores de la responsabilidad que supone conseguir el objetivo.

Tras largos años dedicada a la docencia, su desarrollo y su implicación en los procesos de aprendizaje, lo que me ha permitido conocer y practicar la motivación y el manejo de un equipo, ese que al comienzo, aún, no ha descubierto que lo es, que aquel grupo que comenzó el curso desorientado, sin saber el objetivo, sin apreciar el valor de la colaboración, se convierte en un equipo entregado a un objetivo, aprender, ponerle nombre a lo que hacemos todos los días, comprender que, día a día, realizamos actividades con una base científica que desconocemos y que podemos comprender y llegar a amar.

Apreciar la belleza de la sabiduría, del descubrimiento, de lo que todo ello implica, mejor comunicación, desarrollo de habilidades conociendo su base, y, en definitiva, conseguir un objetivo desconocido y desidioso, según nos lo cuentan en los libros de texto, en uno asequible y cotidiano.

Es fundamental el conocimiento y la disposición a aprender sobre lo que se tiene entre manos, eso supone un coste, ese esfuerzo tiene un valor intangible y otro tangible, el dinero, la pregunta es: ¿Estamos dispuesto a pagar por que nos transmitan sabiduría, experiencia y resultados? O en su defecto preferimos ser nosotros los que con palos de ciego descubramos el camino, con el riesgo de llevarnos toda una vida. Las dos opciones son correctas. La capacidad de elección y de discernimiento es nuestra…

Ana Madrid
ana.coach.madrid@gmail.com


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