Deja de avergonzarte por lo que te pasó

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Hay una tendencia generalizada a querer ser «normales». Entendiendo como “normal” que nuestro padre y nuestra madre se quisieran mucho, decidieran casarse, luego tuvieran ilusión por tenernos, nos recibieran con gran alegría y nos educaran para ser aquello que más deseáramos (sin importar si el abuelo era abogado, como tu padre, si eliges ser artista o decides no estudiar nada e inventar algo nuevo a tu manera). También parece que lo “normal” es que nunca hubiera problemas en casa. Nada de discusiones, amenazas, alcoholismo, problemas mentales, abusos sexuales, drogadicción o conductas infantiles y crueles por parte de los mayores. Lo “normal” a veces es entendido como que te reconocieron tu lugar en la familia, fuiste apreciado por lo que eras y nunca hubo un chantaje emocional. Los niños en el colegio jamás te humillaron, te dejaron de lado o tú te sentiste que no encajabas. Y, claro, al crecer ninguna pareja te fue infiel o te amenazó, ni hubo jefes injustos, ni pasaste por periodos de ansiedad o depresión. Todo esto es lo “normal” ¿verdad?

Lo curioso es que mi vida no ha sido «normal». Miro la vida de mis amigos, y tampoco. Y cuando mis pacientes vienen a terapia jamás me han contado una historia «normal». Entonces señores ¿qué estamos haciendo avergonzándonos de nuestras vidas porque creemos que son «anormales» si la de nadie es «normal»?

Tenemos un juez en la cabeza que mira el mundo y nos juzga raros, defectuosos. Piensa que los demás son mejores, que sus familias son más equilibradas y que las cosas que nos han causado mucho dolor, no pueden ser normales. Por tanto, nos consideramos extraños y no podemos permitir que nadie se entere de eso o nos dejarán de lado. A veces, también escuchamos a alguien que cuenta abiertamente que sufrió una violación, que su padre era alcohólico o que su madre se desentendió de los hijos, ahí algo se nos mueve dentro. Se trata de algunos valientes que deciden dejar de ser cómplices de aquellos que debieron comportarse de una manera determinada y no lo hicieron. Quizás nunca lo hayas pensado, pero cuando nos callamos fingiendo que nada pasó, somos cómplices de la situación. Mantenemos el secreto, la imagen, nos invade la vergüenza y nada cambia.

Está muy bien tener la sensibilidad como para entender que eso no fue “normal”, pero que nos ocurrieran esas cosas o viviéramos esas situaciones, no nos convierte a nosotros en seres anómalos que han de esconderse. De hecho, ya va siendo hora de aceptar que lo “normal” es lo raro. De esa manera podremos hablar de ello y si alguien nos dice “mi padre me pegaba”, podamos decir “vaya, mi madre se fue cuando yo era pequeña” o “en el colegio siempre me dejaban de lado”. Al hacerlo lo liberamos. Lo sacamos de dentro de nosotros y ahí es cuando tenemos la oportunidad de superarlo.

Somos humanos, nos dañamos unos a otros (a veces con la mejor intención). Ocultarlo da poder al abuso mientras nuestro dolor crece y nos distancia de nosotros mismos.

Aceptemos que no somos normales, que no hay nadie normal. Todos hemos sido heridos. ¿Cuántas veces cuando alguien te cuenta algo así has pensado “este ser es defectuoso”? Nuestras historias, esas que nos avergüenzan, lo único que pueden despertar es empatía en los demás. Y una vez que las sacamos las normalizamos (entendiendo bien la diferencia entre “normal” y “sano”), las dejamos ir, no las tenemos encerradas en nosotros y de esa manera empezamos el camino para que no puedan seguir dañándonos.

La mayoría de esas memorias tuvieron lugar en nuestra infancia. Asumamos que de pequeños no teníamos capacidad para defendernos, lo hicimos lo mejor que pudimos, ¡éramos niños! Cuando crecemos, independientemente de la edad, dentro, seguimos llevando a ese niño que tiene miedo, que desea ser aceptado y le cuesta enfrentar el dolor. ¡Hablemos de ello! Busquemos la sabiduría de nuestros amigos, dejémosles que nos ayuden a sanar nuestras heridas y ayudémosles nosotros a sanar las suyas. Tampoco está demás buscar un terapeuta de confianza, leer sobre el tema, ver estadísticas o entrar en Internet a ver si alguien cuenta su experiencia tan parecida a la nuestra. Todo ello nos ayuda a irnos quitando las capas generadas en estos años. Se trata en definitiva dejar de fingir que “eso” nunca ocurrió porque, al hacerlo, nos fragmentamos por dentro. Una parte quiere atender a ese dolor y la otra quiere ignorarlo porque piensa que es demasiado, que no quiere volver a pasar por ahí, que ya lo tiene superado, que el pasado hay que dejarlo en el pasado… No tienes idea de las veces que escucho en consulta “lo de mi madre ya lo superé”, “de mi ex, ese que me pegaba, hace años que no sé nada y ya estoy bien”, “la muerte de mi hermano la tengo muy aceptada” y tantas historias que hemos ido enterrando bien profundo en nuestro interior para poder seguir con nuestra vida.

Lo que pasa es que no han sido integradas y eso nos da una visión de la vida y de nosotros mismos muy distinta de la que tendríamos si la herida hubiera cerrado de verdad. Quizás nuestra madre nos humillara y aunque seguimos teniendo relación con ella nunca hemos logrado confiar en nosotros mismos, puede que después del ex violento o la ex abusadora jamás hayamos logrado confiar en una pareja, o que hayamos dejado de practicar ese deporte que tanto nos gustaba, porque lo hacíamos con nuestro hermano fallecido y no podemos soportar el dolor de su vacío.

Esas capas que has creado, todas esas razones que te has inventado para explicar lo ocurrido y para convencerte de que todo está bien, te han servido para sobrevivir, pero ya va siendo hora de que te permitas vivir integrando todo ello en tu ser. Sin esconderte más. Sólo aceptando que no somos normales, que lo que nos pasa es enfermizo, podremos superarlo y crear un mundo más sano, más feliz, más “normal”.

Raquel Rús
www.raquelrus.es
raquelrus@hekay.es

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