Las mentiras y los niños



¿Somos sinceros los adultos con los niños? ¿Les decimos la verdad o de vez en cuándo soltamos alguna mentira sin importancia? Y si fuese así, ¿qué tiene de malo mentir de vez en cuándo a un niño? Tampoco es para tanto ¿no?.

En general, los niños, desde que son muy pequeñitos, escuchan todo tipo de mentiras y falsedades de parte de sus seres más queridos, de su principal apoyo y referencia: sus padres. Y nadie duda de que son mentiras bienintencionadas, inocentes, que no hacen ningún daño.

Pues hay mentiras y mentiras, claro está.
Pongamos algunos ejemplos de lo más comunes:

  • Si no te portas bien va a venir el guardia (policía) y te va a llevar.
  • Es hora de irse a casa porque van a cerrar el parque (referida a parques que no se cierran, claro)
  • Si no te comes toda la comida te vas a quedar enano toda la vida (de verdad ¿conoces a alguna persona que no haya crecido por comer poco?)
  • Si vuelves a portarte mal nos vamos a casa (un clásico; en seis años aún no he visto a nadie que se haya ido a casa tras esta frase)
  • No te puedo comprar ese juguete porque no tengo dinero (¿no tenemos dinero o queremos gastarlo en otra cosa diferente?)
  • Si no estudias no vas a ser nadie en la vida (en realidad, pase lo que pase, siempre serás tu mismo; otra cosa es que se refiera a que no vayas a tener trabajo de adulto lo cuál no depende tanto de tus estudios como creemos)
  • Si no te portas bien/ haces lo que te digo no te voy a querer (esto directamente es una crueldad y un chantaje; además el amar a nuestros hijos no es algo que decidimos hacer o no, es sencillamente inevitable)

Vale, de acuerdo, pero ¿es tan grave mentirles de vez en cuándo?

Rotundamente sí. Y por varias razones. Veamos, la primera y fundamental es que los niños, por muy pequeños que sean, se merecen ser respetados. Ningún adulto tiene el derecho de mentir y engañar a un niño, por mucho que pensemos que estamos haciendo lo mejor por él. Es tan sencillo como eso, respeto verdadero y profundo por el ser en desarrollo que tenemos delante.

Pero además tenemos que darnos cuenta de que a los adultos se nos ve el plumero desde lejos y que los niños, desde muy pequeñitos, sienten claramente la sinceridad y su ausencia. Y podemos seguir jugando al juego de que son muy pequeños, de que no se enteran de la mitad de lo que escuchan, etc., etc. pero sencillamente no es así. Otra cosa bien distinta es que aprendan nuestro juego y decidan jugar al voy a hacer como si me creo su mentira y al si los adultos mienten, pues yo también miento”.

Y aún en el caso de que se hayan creído nuestras mentiras llega el día en que la experiencia les muestra que no era verdad lo que les habían dicho, que ni el policía viene a llevárselos, ni existe el señor que cierra el parque, que a pesar de comer poco siguen creciendo, que hay dinero para según que cosas y que felizmente son amados independientemente de cómo se comporten. Y llegado ese momento el mensaje que el niño interpreta es: mis padres mienten, al menos no me dicen siempre la verdad por lo tanto no puedo confiar en ellos plenamente porque podrían mentirme de nuevo. Y eso es muy triste, tanto para los hijos como para los padres.

Y entonces ¿cómo se hace? ¿le contamos todo a nuestros hijos?

Pues no, tampoco es eso. Hay cosas que un niño no tiene porque saber o conocer y al mismo tiempo los adultos tenemos derecho a guardar ciertas cosas en nuestra intimidad. Sencillamente les podemos decir que hay cosas que son nuestras, que preferimos que no sepan. Y esto es muy diferente de mentir, pues se trata de una respuesta sincera y respetuosa (del mismo modo los niños tienen derecho a tener sus secretos y a no compartirlos con los adultos).

Y el resto de las cosas, la mayoría, podemos explicárselas, adaptándonos a su edad, su lenguaje y su comprensión. Así podemos explicarles que no nos gusta su comportamiento en un momento determinado, que nos queremos ir a casa porque es tarde o estamos cansados, que nos preocupa o nos hace sentirnos mal que no se coman toda la comida, que preferimos no comprar ese determinado juguete, que le damos mucha importancia a los estudios, …

Y aunque nos parezca mentira, los niños nos entienden perfectamente.

De lo que estamos hablando aquí, en definitiva, es de educar a nuestros hijos de una manera más consciente, alejándonos de dogmas y frases hechas para comenzar a comunicarnos con los más pequeños desde la sinceridad, el amor y el profundo respeto que se merecen.

¿No lo crees posible?

Solo hay una forma de verificarlo, prueba.

Para más información sobre charlas y talleres de Educación Consciente:

Jordi Argüello
Biólogo, Educador y Terapeuta

educandotuinterior@gmail.com
Tel. 622 468 481


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