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Hace algo más de 10 años, llegó a mis manos un libro que decía que la práctica de la atención plena es el mayor regalo que podemos hacernos a nosotros mismos.

Me pareció algo hermoso, hacerme un buen regalo a mí misma, así que empecé con curiosidad, a practicar cinco minutos al día. El primer día me sorprendí de lo agradable que era pararse cinco minutos sin necesidad de hacer nada en especial más que estar en donde estaba, plenamente.

Y digo plena-mente porque de repente, al pararme y centrarme simplemente en respirar, sin ninguna expectativa, me di cuenta, de repente, que mi mente estaba conmigo, exactamente donde yo estaba. No estaba ocupada en otras cosas como solía estar. Fue como traer la mente a casa.

Y es que ¿cuántas veces al día estás tú realmente donde está tu mente?

Un reciente estudio de Harvard dice que nos pasamos aproximadamente el 47% del tiempo de nuestra vida perdidos en pensamientos. ¡Wow! ¿Podemos imaginar lo que es eso? 47% del tiempo sin hacer nada realmente, con lo corta que ya es nuestra vida.

¿Y pensamos que por detenernos unos minutos al día sin hacer nada vamos a “perder” realmente el tiempo? Sinceramente, tiene gracia que pensemos así. Pero nuestra mente prefiere pensar así porque está en su zona de confort. Así parece que estamos más cómodos. No tengo tiempo para parar. Y preferimos pasarnos casi el 50% de la vida en “stand by”, dando vueltas en círculos, porque, al menos, así parece que no paramos, que estamos haciendo “algo”.

Sin embargo, tenemos más opciones que seguir en esas. De repente ocurre algo en nuestra vida que nos hace decir, uy, a lo mejor resulta que hay algo mejor que esto para mí en esta vida, y que me lo estoy perdiendo simplemente por estar distraído.

Y es que a la mente no se la trae de vuelta a casa siguiendo su juego sin cesar.

Lo primero que sucede cuando empezamos a observar nuestra mente es que nos damos cuenta de que está plagada de pensamientos, como si tuviera cientos, miles, millones de pelotitas botando solas en todas las direcciones.

Y cuando nos parece, por fin, haber atrapado una pelotita, otra empieza a botar en otro lado y nos distrae y ahí vamos, corriendo como un perrito a por ella, y cuando parece que la has atrapado, te das la vuelta y empiezas a ver que hay otras tantas bolitas botando en otro lado, y seguimos corriendo. Y así nos pasamos la vida.

No es raro que nuestra vida sea tan ajetreada y que no tengamos tiempo para nada. Porque nuestra vida es simplemente un espejo de nuestra mente.

Pero claro, es lógico que nuestra mente esté así, porque realmente no hay nadie en casa. No hay nadie para poner orden en lo que ocurre en nuestra cabeza, porque estamos tan distraídos intentando que las pelotitas dejen de botar de una vez, que no nos damos cuenta de que siempre lo estamos intentando de la misma manera y que nunca nos ha funcionado realmente, las pelotitas nunca dejan de botar.

Así que, ¿por qué no probar a salir de la escena y tratar de ver la película desde fuera? ¿por qué no empezar a tratar de averiguar quién está tirando en realidad todas esas pelotitas? ¿por qué no tratar de averiguar si hay algo más detrás de todos esos pensamientos botando en nuestra cabeza?

Nuestros pensamientos crean nuestra vida, nuestras experiencias. Crean el mundo en el que vivimos. Es por esto que es tan importante prestarles atención, y prestar especialmente atención al que los está “pariendo”, que soy yo mismo.

Es decir, volver al origen. Empezar por pequeños espacios, a volver a centrarse en las causas de todo lo que sucede en mi vida, en lugar de estar hipnotizado constantemente con los efectos.

La práctica del mindfulness nos invita a traer la mente a casa, a descansar profundamente en nuestra verdadera naturaleza. Y es que no hay nada como volver a casa, nada como tener acceso a ese contacto íntimo en silencio con lo profundo de nuestro ser.

Estos espacios de descanso que nos regalamos durante la práctica del mindfulness, nos permiten ahondar en la verdadera esencia de lo que somos y no en lo que nosotros pensamos que somos. Nos permite sentarnos ante un lienzo vacío para poder pintar cada día, cada instante, por primera vez. Para aprender a distinguir lo esencial de lo que no lo es. Para poder, por fin, empezar a actuar desde el amor en lugar de desde el miedo.

Y es que comprender quién soy, qué siento, qué me hace feliz…, es algo que no nos han enseñado, pero que, sin embargo, todos los seres humanos necesitamos comprender en realidad, profundamente.

Por ello no es extraño que el mindfulness esté de moda.

Ayer leía en un periódico que el mindfulness ya ha llegado al parlamento británico, y que más de 115 parlamentarios y 80 de sus colaboradores se están formando en mindfulness.

Y es que los beneficios a nivel de salud, trabajo y emocionales de esta técnica, cuyas raíces se hunden en el budismo, ya no le pasan desapercibidas a casi nadie, desde grandes y pequeñas empresas hasta centros penitenciarios, pasando por colegios, universidades, hospitales, cuerpos militares y policiales y un creciente número de personas en el mundo, que cada día se apuntan a esta técnica al conocer sus beneficiosos efectos.

Es cierto que atreverse a practicar mindfulness implica un compromiso por nuestra parte de valentía, de sentarnos unos minutos cotidianamente, diga lo que diga nuestra mente al respecto. Si esto va a funcionar, primero habrá que probarlo, ¿no?

Maricarmen  Pérez Díez
www.soypresencia.com
Instructora de mindfulness. Maestra y terapeuta de Reiki

Tags : meditaciónmindfulness

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