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Lo único eterno es el presente. En el presente eterno está manifiesto el pasado, que es un pre­sente que ya no está y el futuro, que es un presente que ha de venir.

Esto es así porque, en función de lo que estoy haciendo, será lo que me espera más adelante, y lo que es­toy haciendo es fruto de lo que he hecho. Si sabe­mos mirar hacia el pasado con equilibrio, no con apego ni con emociones descontroladas, sino desde la realidad, vamos a entender que estamos donde estamos por lo que hemos hecho, por el camino que hemos estado siguiendo. 

Prestemos atención a que lo que hagamos sea en sintonía con el Crea­dor, y entonces marcharemos junto a Él. Si tratamos de crear nuestra propia vida y de utilizar el mundo como si fuera nues­tro, no vamos en sintonía, vamos en contra.

Si en un momento decidimos cambiar nuestra vida y no continuar con lo que la estructura nos marca, sino producir una revolución buscando el bien, todo esto cambia la reali­dad posible hacia un futuro. Así como va la humanidad, va a autodestruirse. No quiere decir que todos los individuos tengan que pasar por eso.

Somos individuos y partes de la humanidad.

Como células de un organismo, tenemos que tomar conciencia de cuál es nuestra labor. Cuando la tomamos no nos parece mal el lugar dónde esta­mos, no ambicionamos estar en otro, no nos parece mejor lo que otro hace, sino que damos gracias por tener la posibilidad de formar parte de él y de poder hacer nuestros aportes.

Como célula, en el lugar donde la vida me colocó, tengo que hacer y dar lo mejor para que sea útil y tenga sen­tido mi vida. Estoy en el lugar en el que me corresponde estar. En la me­dida en que crezco, en conciencia, voy comprendiendo otras cosas y puedo ir, de alguna manera, colaborando desde otros lugares dentro del organismo, llevando así una vida ordenada.

Se viene a este mundo a aprender

También a aprender a dar. Si alguien llega a ser Maes­tro un día, para llegar a serlo tuvo que aprender a distinguir lo que era para él, para comprender más profundamente la vida y ayudarlo a crecer. Tuvo que estar siempre atento a ver en qué momento podía colaborar compar­tiendo lo que tenía, porque cuando se es Maestro se enseña, pero cuando se está creciendo se aprende, y las dos cosas se aprenden. Se aprende a tomar, a recibir y a agradecer por lo que llega. También a distinguir en qué momento hay que compartir lo que se aprendió un día.

Los espíritus que vienen a este mundo, nacen como bebés, y tienen un objetivo.  Cuando parten de este mundo, tienen un tiempo de descanso. En ese tiempo de descanso el espíritu está refrescando en su conciencia el objetivo espiritual. Puede ver todo lo que hizo, lo que no hizo y lo que le queda por hacer. El mejor lugar para tomar conciencia de esa realidad, es aquél en dónde no hay una sociedad que lo condicione a hacer lo que ella dice, sino que todo lo que le rodea es afín a lo que es el objetivo de su espíritu. Entonces allí él se forma, encarna en el espíritu lo que es ese objetivo y viene al mundo.

Como sociedad y como padres, a todo espíritu que viene a este mundo con un propósito, con un objetivo, tomando y teniendo cierta conciencia de que es una escuela a la que viene a aprender, nos encargamos de transmitirle ense­ñanzas para que aprenda. Pero ¿lo hacemos considerando su vocación? No importa que no sepamos cuál es, con un niño de dos años no podemos saber pero, amorosamente, podemos acompañarlo en sus juegos, en su vida, en sus interrogantes, en sus necesidades.

A través del tiempo se han volcado conocimientos y enseñanzas. Muchos las están tomando y creen que porque intelectualmente las distinguen, saben. Pero de saber intelectualmente a conver­tirlas en Conciencia o en sabiduría, hay diferencia. Está y se  produce a partir de que el individuo pone en práctica lo que entiende. No todo, sino lo que entiende y lo que está a su alcance. Esto, tiene que ver con el presente.

Tomar una decisión.

La tarea de todos y de cada uno de nosotros siempre está clara y mani­fiesta en el presente que vivimos. Cada situación que nos toca vivir en el presente en el que nos encontramos, lo hayamos buscado o no, es el momento en que podemos y tenemos que tomar una decisión. Podemos hacerlo egoís­tamente como tenemos la tendencia natural de hacer, o cambiar esta tendencia, este impulso que parece que sin ser pensado nos lleva adelante. Meditarlo haciendo un análisis del objetivo, de hacia qué nos conduce, tratando de hacer un aporte, de aprender, de hacer las cosas bien.

Nosotros, en general, estamos mirando el futuro, viendo qué podemos alcanzar, qué ambicio­nar. Si viéramos la realidad, hacer lo que está a nuestro alcance sería lo más fácil, vivir soñando con alcanzar cosas que no sabemos si alguna vez llegarán, es lo más complicado.

Si entendemos la vida como una escuela y que somos alumnos, la enseñanza más importante es la que nos da en este momento, no es la que nos va a dar mañana ni la que nos dio ayer. Ayer tuvimos que haber prestado atención para poder entender lo que hoy nos da, y si hoy prestamos atención y ayer lo hicimos, vamos a poder comprender seguramente, lo que viene mañana. Es fácil es­tudiar lo que en este momento hay que hacer, es más difícil estudiar lo que soñamos que puede pasar. Viviendo el pre­sente es poco el trabajo, soñando o proyectándonos al fu­turo es mucho, nos asusta y de repente se sale de nuestro control.

En la vida, hay que saber tomar lo que es de cada uno y no estar tan pendiente y atento de lo que los demás están haciendo.

El amor es el camino, y en un camino de amor no se puede vivir sin él. Cuando yo vivo en amor estoy siguiendo ese camino.

Siempre que en el presente esté poniendo Amor, sé qué he de cosechar. Siempre que en el presente esté obrando egoístamente, sé qué he de cosechar.

Daniel Ferminades
Fundación Impulso de una Nueva Vida
www.impulsodeunanuevavida.org

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